Estoy muy aburrida. Tanto que estoy intentando contar cuantas rayitas de paja tiene cada fila de rayitas de paja de la persiana de enfrente.
Es en serio.
Me puse a buscar un correo y me encontré con esto. Fue enviado hace tanto tiempo que no me acuerdo si lo saqué de la novela esa de Rodrigo Fresán con la que estaba obsesionada en aquellos lejanos y entrañables tiempos en los que era una devoradora de libros (ahora apenas si leo mi blog). Lo que si sé es que no lo escribí yo, igual y por ahí agregué alguna palabra o algo pero no es mi texto, así que ofrezco una disculpa anticipada por cualquier parcial violación a los derechos de autor. No es intencional.
El día en que Dylan quiso ser vaquero.
Pat Garret and Billy the Kid, de 1973, se estrenó originalmente en una versión truncada y poco cuidada.
El último western verdadero de Sam Peckimpah ha sido restaurado hasta la idea original del director y se puede considerar como una de sus mejores películas.
En la versión restaurada, se inicia con una escena de la muerte de Pat Garret (el mejor papel de la carrera de James Coburn) acribillado a balazos. En ese momento final recuerda los tiempos en que renunció a ser un proscrito y vistió la insignia de la ley en persecución de su antiguo amigo Billy (encarnado por Kris Kristofferson), porque “este país se está haciendo viejo y tengo la intención de envejecer con él”. En el camino, Garret pierde el último vestigio de su integridad y Peckimpah muestra un oeste decadente con un estilo gótico a medida que aparecen una sucesión de rostros familiares del género que por lo general –y como todo buen western- acaban muriendo acribillados sangrientamente a balazos.
En este desfile de “vaqueros conocidos” te puedes topar a Slim Pickens, Katy Jurado, Chill Will, Matt Clark y Barry Sullivan. Sería difícil encontrar un buen western que no incluyera a alguno de estos actores; colectivamente, proporcionan una lista de la anterior grandeza del género y cada cameo pone su granito de arena en este melancólico y desencantado tapiz del oeste. Es una historia rodada con montones de sangre y poesía.
La banda original fue compuesta por Bob Dylan, y todos disfrutamos de su aparición en esa extraña y gran escena en la que toma una lata de frijoles y lee la etiqueta.
Nota mía: a poco hay alguien que no se emocione con Knocking on Heaven's Door
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