viernes, 17 de agosto de 2012

journeys

El día comenzó mal.

Mi despertador sonó a las 8:01, lo apagué y ya eran las 8:52. Entro a trabajar a las 9 en punto y desde mi nuevo hogar tengo que recorrer un trayecto de 20 minutos aprox en bici para llegar a la oficina. A 28 grados. Le tengo pánico a la llegada del invierno -porque me han dicho que se pone cabrón- pero este calor es infame. Y en el nuevo hogar hace mucho calor todo el tiempo. Me urge un aire acondicionado.

En fin.

En la tarde, decidí gastar 9 dólares y meterme al cine, decisión importante si tomamos en cuenta que tengo un departamento sin muebles, sin super y 49 dólares de aquí al 31 de agosto que me pagan.

Decía que muy cerca de la casa está el cine de "arte" del pueblo (lo entrecomillo porque no soy muy asidua de ese término) y me encanta porque es un cine viejo, chiquito, con una dulcería común y corriente, los empleados son voluntarios y me recuerda al Bella Época, primer cine al que asistí, entre otras cosas, porque estaba -literal- a media cuadra de mi casa y los sábados en la mañana tenían una matiné de películas de Disney. Ahora me doy cuenta de que fuimos una generación muy afortunada por haber conocido los cines como realmente eran, y yo, en particular fui todavía más afortunada por crecer con un cine al lado. No es que todo con las cadenas de cines sea malo (bueno, por desgracia, con Cinemex muchas veces todo es malo con Cinepolis las cosas funcionan bastante bien) pero los cines de antes tenían un encanto especial, eran más una sala de exhibición que un negocio en el que te cobran hasta por respirar. Nada de tenerse que formar horas y horas antes, nada de tener que aguantar comerciales piteros del Verde Ecologista. Nada de que a huevo hay que tener tarjeta de invitadoespecialdistinguigoclientefrecuente para entrar antes que otros a la sala (yo la tengo y es muy útil, pero el pedo es justo que las salas son mínimas). Nada de eso: uno llegaba, compraba su boleto, se formaba, pasaba a la dulcería donde los precios eran bastante accesibles y siempre había helados y entraba al cine, y en una de esas hasta se podía quedar a repetir la función. Me encantaban los cines enormes, con pantallas enormes y el Bella Época era de esos, además tenía unos posters con fotos de "'celebridades" de la época de oro del cine. Sería buenísimo averiguar que pasó con todo eso. En ese cine fui con todas las del Asunción a ver El Piano (en 1993 nos sentíamos muy rudas porque veíamos películas de arte donde había chichis), también fui a escondidas con mi prima Raquel a ver Indecent Proposal, que no nos dejaban ver porque había "escenas de amor". Eramos muy felices hasta que un día lo cerraron y lo convirtieron en librería. Cinemex con su pésimo servicio nos invadió y nos quitó la risa. Concluyo entonces que lo más chingón del cine de mi barrio es que no se parece a Cinemex ni tantito.

Ya me volví a desviar. Ahi voy al cine y, de tres películas que se me antojaban, terminé en un documental llamado Neil Young Journeys pus porque era Neil Young y estaba dirigido por Johnatan Demme. Decepción total. No se qué pasó, uno pensaría que un documental dirigido por Demme tiene que ser buenísimo y más cuando se trata de Neil Young y nel. Me aburrí como ostra y descubrí que la voz de Neil Young me desespera. Lo se. Espero que los puristas del grunge me perdonen la blasfemia.

Lo único rescatable es una escena en la que van a ver un terreno donde estaba la casa de Neil Young y ya no hay nada, entonces él dice que en realidad no importa que ya no haya nada porque todo lo tiene en la cabeza "it's the same with friends. You don't have to worry when you lose a friend 'cos you always have him in your mind and in your heart". Eso y, -tal vez- la interpretación de Hey Hey My My…

Rock and roll can never die
When you are out of the blue and into the black

Ojalá esta noche no me muera de calor.

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