Mañana es el Super Bowl. Hay gente fuera de control. Como a mi me vale tres kilos de madres, decidí -finalmente- sacar una cita para que me tatúen. Otra vez.
Es justo lo que una persona en la víspera de cumplir treinta y seis años debe hacer: tatuarse por cuarta vez. Mi acompañante se tatuará como por duodécima vez, no estoy segura.
Somos un par de treintenos cuasi cuarentones super responsables y maduros.
La próxima semana no sólo me voy a Estados Unidos por tres semanas (viaje que me llena de alegría porque es un buen momento para salir huyendo de este país), también cumplo años.
La neta es que no tengo idea de cómo me siento ahorita. La noticia que me dio mi estrellita el lunes pasado me dejó hecha mierda. Se -como él me dijo- que me recuperaré, que me toparé con alguien más, que estaré tan ocupada que no lo voy a extrañar y ni me voy a dar cuenta de que no está. Mivida, si supiera que hay veces en las que, cuando me sonríe, siento que no existe nada más alrededor, tal vez no se iría. O tal vez saldría corriendo. Nunca lo sabré, porque nunca se va a enterar de lo mucho que me cambió haberlo conocido y tener la oportunidad de verlo todos los días, caminar, hablar estupideces, intercambiar selfies y reírme con él.
We see things they'll never see.
We are gonna live foverer.
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