Hay momentos en los que uno está en un atolladero del que no logra salir. Como si fueras un cochecito compacto que se topa con un lodazal y te quedas ahi atascado, todo porque a algún irresponsable se le ocurrió sacarte a la terracería cuando sabe perfecto que no tienes tracción 4x4. Forzas la marcha, te bajas y lo empujas y nada. El cochecito sigue ahí. Pueden pasar minutos, horas, días, semanas, meses, años incluso y nada, no sales. Puede pasar que de repente el cochecito comienza a caminar y, cuando piensas que ya la libraste, otra vez se te atasca. Rrrrrrrrd. Nada. Hasta que se te aparece una grúa, te levanta y te saca.
O empujas lo suficientemente fuerte y logras salir.
En mi defensa - mejor dicho, en mi contra- tendría que decir que ningún irresponsable me sacó a la terracería. Mi caso fue una mezcla de decisiones inadecuadas, mal clima y poca suerte. No se bien durante cuanto tiempo estuve así, en ese estado nefasto en el que nada te parece, la gente que usualmente te cae bien te cae mal, no te entiendes con tu familia, no te entiendes con tus amigos, te mandan a la chingada los gueyes que te gustan, mientas madres de tu trabajo y de todo lo que sucede a tu alrededor. Cuando te das cuenta ya eres una persona patética que no deja de quejarse. Intentaba cambiarme de chamba y en el último minuto se decidían por alguien más; conocía a un guey increíble y sin motivo aparente valía madres. O resultaba ser un hijo de puta. Volvía a intentar cambiarme de trabajo y me la volvía a pelar. Over and over. Obviamente, dentro de esta larguísima racha de insatisfacción hubo momentos chingones, no todo fue tan negro. A finales de abril ocurrieron dos eventos que me hundieron. Me levanté como pude pero un viernes 25 de mayo, la estocada de muerte se apareció disfrazada de borrachera, cuando alguien respondió a mi insistencia necia con un "no te quiero ver y no se cuándo te quiera volver a ver".
Lloré tanto esa noche que no me di cuenta de que me había llegado un correo en el que me ofrecían un trabajo. Me desperté crudísima, con el ojo hinchado y la almohada llena de baba, agarré el teléfono para comprobar mi papelazo de la noche anterior y ahí estaba:
"¿Te quieres venir a vivir a Salt Lake City?"
Lo leí otra vez, se abrió el cielo para que un rayo de luz iluminara mi teléfono y se escuchara un coro celestial...
"Es para empezar ya, en cuánto te den la visa".
Ni siquiera me preocupé por buscar Salt Lake City en un mapa. Estuve dos horas en shock. Llamé al reportero, que era la única persona que sabía que conocía Salt Lake City, y me dijo que era un lugar aburridisimo pero que no lo pensara.
Acepté.
La vida me cambió.
Cinco meses después, heme aquí. No puedo decir que todos mis problemas se hayan solucionado como por arte de magia porque no es cierto, pero, como me dijo un amigo arquitecto, la distancia centra. Encontré tranquilidad y he descubierto un montón de cosas. No me arrepiento.
La distancia centra.
eSO ES TODO MI mONTX!! tE QUIERO Y SABER QUE HAS HECHO ESPACIO PARA QUE SE ACOMODEN TUS COSAS ME LLENA DE ALEGRÍA...KEEP GOING!!
ResponderEliminarBien Mon, estás conviviendo con el vacío, ya no estás intentando llenarlo con lo que sea. Bien carajo, bien.
EliminarAbrazo
Tiempo y distancia como elementos sanadores, si lo sabré yo!
ResponderEliminarUn abrazo Mon!
Att. Nin
La distancia centra.
ResponderEliminarFascinante cuando todo empieza a tomar orden.
Abrazo!
Amenaza