Me desperté a las 4:45 de la mañana. Las 3 horas con 45 minutos en las que pude dormir me las pasé soñando con que me quedaba dormida y el cónsul me dejaba en el barco. Tal vez fue porque mi jefe en algún momento de la noche del domingo pensó que no era buena idea llevarme al operativo. Me bañé. Las regaderas de mi baño son chiquititas y metálicas. A ver de que chingados me agarro para no caerme cuando esto se esté moviendo. Sigo sin saber en qué momento mi jefe creyó que era muy peligroso llevarme a Puerto Príncipe. Afortunadamente, me quejé. Afortunadamente, recapacitó.
El cocinero del barco nos preparó unas tortas, también nos empacó unos refrescos. Salimos del barco a las 5:15, ya había amanecido por completo. Me siento rara en uniforme pero -insisto- me gusta traer algo puesto con la bandera de México. Presiento que en este viaje me va a salir lo patriota. Se supone que el H. Cónsul de México en Puerto Príncipe estaría a las 5:30 en la puerta del barco para llevarnos a la ciudad. Nada. A mi jefe se le hace buena idea ir caminando hasta la entrada de la fábrica. Ah claro. Es que ustedes no lo saben pero por supuesto que la infraestructura portuaria del gobierno haitiano es nula y alguien de Cemex sobrevoló la costa durante horas hasta que encontró este muelle, el cual pertenece a la Cimentiere Nationale, que -también, por supuesto- no es haitiana, es colombiana. Caminamos, caminamos, más y más polvo, el cónsul ni sus luces, el clima hace que parezcan las 12 del día, caminamos, sudo sin parar, caminamos. 25 minutos después estamos en la entrada. Nadie llega por nosotros. Nos sentamos a comer torta y tomar coca cola medio caliente. Bebida perfecta para las 6 de la mañana. Los trabajadores entran y nos ven raro. Uno le pregunta al traductor (en el grupo viene un chavo haitiano que hace las veces de traductor) "¿y todos estos blancos que hacen aquí??".
7:21 de la mañana. Se aparece el cónsul, casi dos horas después.
El camino hacia la ciudad me pareció mucho más corto que ayer. A lo mejor porque vengo sentada y no encima de mi jefe y de la palanca de velocidades; a lo mejor porque se me cerraban los ojos y me dormí un poquito hasta que escuché a mi jefe decir "¿Son 354 personas en la lista, verdad Montserrat? Si, si, Juan Ignacio...". Respuesta en automático, ojos abiertos y otra vez el polvo pesado de los escombros. Otra vez el caos en las calles, otra vez la destrucción, los campos de concentración que dan la impresión de no poder admitir a una persona más, océanos de techos de plástico, misas improvisadas en lo que queda de la banqueta. Otra vez Puerto Príncipe.
Llegamos al cine Triomphe y -como me lo imaginaba- hay una multitud de gente alrededor del primero de los camiones. Nos bajamos. Nos dan la instrucción de observar y no intervenir. El primer filtro sería responsabilidad del gobierno haitiano. Hay una cámara de Milenio Televisión. La gente se percata de nuestros uniformes. Se me acercan y me preguntan cosas en francés. Me enseñan sus oficios de internación. Yo trato de ser amable sin intervenir. Mucha gente con maletas enormes. Inquietud. A los funcionarios de migración haitianos les parece que pasar la lista a gritos es el mejor de los métodos. Claro que nadie trae un megáfono. Claro que nadie considera necesario hacer una fila. Claro que nadie cree conveniente dejar un espacio prudente para que las personas que vienen cargando sus maletas puedan pasar y subir al camión. Claro que las personas que están hasta atrás no han de estar oyendo nada. Claro que los que saben que no están en La Lista, me están acosando para que lea sus oficios o les diga que pueden subir. No se en qué momento termino parada junto al tipo de la lista, en la puerta del camión revisando pasaportes. Ni siquiera me doy cuenta de que ya es la 1 de la tarde, de que el sol me está tatemando la cara y que no he tomado agua en no se cuántas horas. Alguien llega y me da una botella de agua. Alguien más llega y me pide que se la regale. Se la doy entera.
Maletas enormes. La verdad es que si me dijeran que hoy tengo que hacer la maleta con la que abandonaré para siempre mi país no tengo la menor idea de que me llevaría. Tendría que dejar tantas cosas que sólo imaginarlo me angustia.
Se llena un camión. Dos, tres. El número de gente esperando no disminuye. Algunos lloran cuando despiden a sus familiares. Mi jefe me dice que si la lista se termina y todavía tengo espacio en el camión que decida a quién quiero llevar, que trate de fijarme en que el oficio no esté chueco. Que me guíe por mi instinto. El oficial haitiano se ríe cuando le pido que lea la lista una vez más. Siguen apareciendo personas que no habían escuchado su nombre. Siguen apareciendo personas que se quieren meter cuando sus nombres no han sido mencionados. Se termina la lista. Comienzo a ubicar algunos nombres de familiares que me suenan. Dejo pasar a los chavitos que me estuvieron acosando desde el primer minuto en que me paré junto al camión. Una señora se me acerca llorando. Me dice que no trae equipaje pero que por favor la saque de ese lugar. Le digo que no puedo. La señora se pone violenta. Comienza a gritar, bueno, los haitianos hablan gritando, pero estos eran gritos de los feos. La gente se empieza a amontonar alrededor mío. El policía me sube al camión. Despacho con la puerta cerrada, a señas. No veo a ninguno de mis compañeros y no se en que momento me quedé sola. Los escogidos se abren paso a empujones. Todo mundo quiere subir. El chofer comienza a hacerme señas de que le corte. La gente comienza a pegar en el camión. Un señor agarra a patadas la puerta y se sube.
El camión arranca. Se necesita de mucha fuerza para jugar a ser Dios por media hora y no caerse. No puedo evitar preguntarme que me da el privilegio de cambiarle la vida a esta gente, siguiendo mi instinto. No puedo evitar preguntarme a cuántas personas con derecho a subir al camión dejé abajo. Con cuántas personas me habré equivocado, ¿qué es lo que me legitima para decidir quien puede cambiar el caos por una nueva oportunidad de vida?.
Me toca sentarme recargada en un parabrisas estrellado. El chofer maneja a 140 kilómetros por hora. Vengo sola en el camión y si el chofer quisiera tomar una ruta equivocada y secuestrarnos a todos podría hacerlo. Algunos lloran, otros sacan una guitarra y comienzan a cantar, otros rezan, los menos hablan por teléfono. En mi rústico francés pregunto si estamos tomando la ruta larga, "no, vamos por citesoleil", me dice el chofer. Recuerdo que el cónsul nos contó que Citesoleil es el tepito de Puerto Príncipe, que es tan peligroso que ni los cascos azules entran. Me pongo nerviosa, sobre todo cuando el camión se detiene porque hay unos gueyes quemando ropa que nos hacen detenernos. Hablan en creole, no entiendo ni madres, el camión avanza. Estamos a punto de chocar como tres veces. Yo me imagino la escena: el camión choca, el vidrio estrellado se rompe y salgo volando. Como no traigo ni pasaporte, nadie me identifica. Creo que me urge comer algo.
Llegamos al puerto. Ya todos están formados. Algunos ya están en el barco. Los infantes llevan sus maletas. Me pongo a repartir contraseñas, a pasar lista, a contar gente. El idioma es un pedo. Comienzan a aparecer los colados. La gente está nerviosa, muchos -incluyéndome- nunca han navegado. Aparecen nombres que no tenemos en la lista pero si traen oficio de internación. Mi jefe me manda a hablar a México. Entro a la cámara de capitanes y los camareros están viendo un partido del Lazio contra la Roma en la pantalla plana enorme. Me dan un vaso de agua. Me siento y me doy cuenta de que tengo 7 horas sin sentarme. Le marco a mi mamá, me dan ganas de llorar. Marco a la oficina, compruebo nombres. Mi instinto no estuvo tan errado.
La mesa de la cámara de capitanes está puesta "es que el comandante invitó a comer a los directivos de la cementera". Menos mal que no estoy requerida porque estoy cubierta de polvo y todavía tengo que decidir que hacer con los colados. Al final me meten a la comida. Vino tinto y manteles largos. Parece un mundo aparte. Cuando terminamos, me dan la orden de que saque de las instalaciones de la empresa a los colados. Son cinco. Ninguno trae equipaje a excepción del señor que agarró a patadas la puerta de mi camión. Le pregunto por quien lo va a recibir en México. No sabe. Les informo que tienen que bajarse del barco, que no pueden viajar a México. Una de las coladas se tira al piso llorando. Me armo de valor. Las acompaño amablemente hasta la puerta. Mientras camino de regreso al barco, se me salen las lágrimas.
Repito: está cabrón jugar a ser Dios.
18:40, comienza el zafarrancho de zarpaje en la cubierta magistral, con 235 marinos y 250 haitianos a bordo. La única mexicana, yo mera. Debi estudiar francés. El uniforme me aprieta. Me duelen los pies. Nos toman fotos. Mi jefe y los de la Embajada se bajan del barco. Levantan el ancla, suben las escalerillas, meten la rampa, los haitianos aplauden y muchos lloran. Algunos comienzan a cantar algo en francés. El traductor dice que es una canción de despedida. Veo a un gallo caminando entre la multitud, "se lo regalaron unos haitianos al Comandante" me dice uno de los marinos. Habrá que ponerle un nombre.
Estoy tan cansada que ni siquiera me doy cuenta de que el barco se está moviendo. Me esperan largos seis días. Son las 12 de la noche. Acabo de decidir que cada una de las noches que dure esta travesia, voy a escuchar Us de Regina Spektor a todo volúmen.
se lee muy interesante tu viaje a Haití, seguramente que aprendiste mucho de eso.tomar decisiones tan pesadas no ha de ser fácil, dejan una carga importante.suave suave.
ResponderEliminarMuy bien!!! muy bien contado, muy buena historia, lo mejor: es que es tuya, tu la viviste!Saludos!
ResponderEliminarme dejaste con la boca abierta, q cosas tan fuertes has vivido, yo estaria traumada, pero eso habla de los huevos que tienes y la mujersota q eres (no te conozco pero por lo leido ahora y antes, se y se nota q lo eres)...saludosMINa
ResponderEliminar¡Gracias!Me parece imposible explicarte, como al leerte, me doy cuenta que tan pequeño soy. De nuevo ¡Gracias!
ResponderEliminarEste comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
ResponderEliminar