Hace un año y dos días, regresé de mi primer viaje a Haití. Cómo ha cambiado todo desde entonces.
Lo que no ha cambiado mucho es la situación en Haití.
Arcade Fire fue lo que más me gustó de Coachella. Muy cabrón. Todo me encantó: que fuera un concierto totalmente diferente al de México; que los viera de lejos; que soltaran al público pelotas con leds que cambiaban automáticamente de color; que J y L se la estuvieran pasando tan bien; que me dolieran los pies; pero, sobre todo, que siguen conmoviéndome como la primera vez que los escuché.
Y no me canso de escucharlos, que es lo peor.
Pero bueno, volviendo a Haití, es muy conocida la labor filantrópica de Arcade Fire con Haití, a través de Partners in Health. Justo terminando el concierto, fuimos a donar y nos regalaron un pin que perdí al día siguiente y esta bonita estampa:
Y yo (corazoncito) Arcade Fire y Haití.
Hace poco Arcade Fire anduvo por Haití. Dieron un concierto en Camp Dadadou, campamento en donde viven -todavía- 12 mil personas bajo techos de plástico, en el que la única "construcción" de madera es la clínica de Partners in Health, según cuenta Win Butler en su bitácora de viaje, la cual pueden encontrar aquí. Ahí menciona también que el sentimiento de tristeza al ver los baños del campamento es abrumador. Me identifiqué. Difícil que un año después parezca que nada ha cambiado.
Tal vez Butler tenga razón: Maybe Haiti can rebuild.
Aquí una foto que tomé prestada del sitio de la banda.
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jueves, 28 de abril de 2011
miércoles, 1 de diciembre de 2010
pifia
Breve recuerdo de cuando a la tripulación del H. Usumacinta A 412 se le hizo buena idea tirar un montacargas al mar. Aquí ya lo estaban sacando.
martes, 8 de junio de 2010
Haití: second round
Si. Lo se. El escenario ideal hubiera sido actuar como la gente normal y escribir un post todos los días, justo al terminar el día e intentar publicarlos tan pronto fuera posible. Una persona normal se hubiera llevado una laptop o macbook o notebook o un cuaderno y hubiera escrito disciplinadamente cada noche o cuando las cosas sucedieran. Y más si te pasas seis días en un barco sin mucho que hacer.
Pero yo no soy una persona normal. No me lleve más que mi agenda Moleskine y escribí muy poco. Estoy preocupada. Pensé que mi "inspiración" estaba de vuelta y nel, me equivoqué. Sigue igual de desaparecida y es una tragedia. De repente siento que me ahogo y no puedo escribir.
Como ya se sabe, fui nuevamente a Haití y haré mi mejor intento por recobrar mis pocas notas y contar lo que sucedió.
Despertarse a las 3 de la mañana es una mentada de madre. Mientras venía en el taxi me di cuenta de que no llevo ni un mes sin ver a esa personita y me ha parecido una eternidad. Supongo que sobrellevar la ausencia obligada suele ser complicado pero que un día me voy a despertar y ya no voy a sentir nada. El vuelo, a diferencia del pasado, venía casi vacío. Que maravilla no tener que aguantar a señoras que no paran de platicar mamadas (soy una amargada). Me tocó sentarme en una fila para mi solita pero no pude dormir mucho porque el final de Lost me dejó traumada y la alergia me pegó cabrón, hasta me dolía la nariz. Llegamos a Miami. El joven del CBP me interrogó como nunca me habían interrogado, hasta tuve que identificarme como oficial de migración... "Are you armed, Miss? Oh no, of course I'm not and it's a shame..." (por supuesto que al gringo no le cayó nada en gracia mi chiste). Al resto de mis compañeros les tocó el hispano cagado que te habla en español y a mi el mamón que no me dejaba pasar. Y luego el traductor. Nuestro traductor es un chavo haitiano que vive en México como de 24 años a toda madre al que se le hizo buena idea empacar su navaja enorme junto con sus hojas de afeitar en su equipaje de mano. Ahí les encargo el pedo en el filtro de los zapatos, de milagro no nos encerraron a los tres (el traductor, Nina y yo) en el cuartito de los sospechosos. Lo preocupante es que en México ni se enteraron. Estamos buenos para revisar las maletas.
Cuatro largas horas en el Miami International Airport fueron pocas para mi espíritu compulsivo de compra. Que bueno -de verdad- que cuando estuve en San Antonio no llevaba lana, neta hubiera enloquecido. Entré a Borders y me llevé todo lo que podía cargar: la trilogía Millenium de Stieg Larsson (me urge saber por qué el mundo está loco por esos libros), la Vanity Fair con la portada de Cristiano Ronaldo y Drogba en calzones (cualquiera que no reconozca que Ronaldo se cae de bueno es porque está ciego), la Rolling Stone del aniversario del Exile on Main Street de los Stones (yujuuuuu Rocks off), la Q con Paul McCartney en la portada y en todos los artículos (para echarle más limón a la herida), el dvd de Where The Wild Things Are (que no he visto y espero no me decepcione), Interviews by Rolling Stone y una novela de Nick Hornby que me recomendó la vendedora, se llama Slam y cuando me subí al avión leí que se trata de un guey que embaraza a su novia por error. Las novias embarazadas por error me persiguen. Que bueno que también me compré ochocientos Toblerones, Twizzlers y Doritos, los voy a necesitar si empiezo a leer ese libro.
El vuelo a Port Au Prince tranquilo. Me encanta el quesito cheddar que dan los de American Airlines como botana, me recuerda al quesito Mio (¿alguien recuerda el quesito Mio? seguro rumorology y ginger si) y también te dan un toblerone. Y ponen 30 Rock y The Office. Te consienten tanto que se te olvida a donde vas. Llegamos al aeropuerto Toussaint Louverture y en vez de militares nos recibió una banda tocando copá (la música típica haitiana). La recepción fue menos caótica que en el viaje anterior, excepto porque mi maleta fue la última en aparecer y ya me estaba dando un paro cardiaco. Ya no hay militares en el aeropuerto, lo que me hace pensar que las cosas están volviendo poco a poco a la normalidad.
El Cónsul ahora si trajo dos camionetas -traíamos a tres nuevos integrantes en la delegación y no tuve que viajar en las piernas de nadie- y nos llevó a comer a la MINUSTAH. Para quien no lo sepa, la MINUSTAH es la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilidad en Haití, la cual lleva ya seis años operando en Haití, empezaron justo después del conflicto armado que derrocó a Jean-Bertrand Aristide en el 2004. Algunos datos duros: la MINUSTAH se integra por 10,565 uniformados, 8,304 soldados, 2,261 policías de Naciones Unidas, 471 civiles de distintas nacionalidades, 1,235 civiles locales y 207 voluntarios de Naciones Unidas y su objetivo principal es mantener la paz y la estabilidad en Haití. En un inicio, su tarea fue vigilar que el proceso de cambio de gobierno fuera transparente y pacífico, después se consideró necesaria su presencia para contribuir al desarme de la población y colaborar en la manutención de un clima político estable. Ahora, con el terremoto, han adquirido otras funciones, como intentar mantener el orden en un lugar con gobierno y edificios colapsados -y en el que es muy difícil determinar qué está más colapsado: si el gobierno o la ciudad.
El restaurante de la MINUSTAH se llama The Deck y se come demasiado bien. Lo más cerca que había estado de la ONU fue una vez que tuve que llevar un sobre a las oficinas de la ONU en México y llegué hasta la recepción. Este lugar es otro pedo. Entras al Deck y hay gente hablando en seis idiomas diferentes, hasta el menú es internacional: carne traída directamente de Brasil, baguettes con pan y jamón importados de Francia, pastel de choclo, platos libaneses y -obviamente- cervezas mexicanas. Entrar es como entrar a un país totalmente diferente pero dentro de Haití. Quise quedarme a trabajar aquí.
Después de relajarnos un rato, comer calamares empanizados, cus cus y tomar cerveza haitiana, llamada Prestige, nos pusimos a buscar hotel, porque el traslado de dos horas al puerto fue descartado. Nos llevaron al Hotel Plaza, a dos cuadras de donde sería el operativo, justo enfrente del campamento instalado en Champ Mars (el campo marte, que no es otra cosa que la plaza donde está el Palacio de Gobierno, si, ese que salió en las fotos de todos los periódicos). El mismo trámite que con la MINUSTAH: polvo, escombros, polvo, escombros, cruzas una puerta y te encuentras en un lugar por el que nunca pasó un terremoto. Árboles, alberca y música en el bar, eso si, repleto de extranjeros con radios, mapas, planos, cara de que no se han bañado en tres días y botas llenas de polvo. También quise quedarme a trabajar ahí, con alguno de ellos. No hubo habitación disponible y terminamos en la Embajada de México en un catre.
Port Au Prince de noche parece pesadilla. Es en serio que no hay ni medio farol en la calle. Solamente se ven las lamparitas y velas de los campamentos/campos de concentración. Y huele a carbón.
Jueves 27: nos despertamos a las 5 de la mañana. Estaba tan cansada que ni me enteré de que dormí en un catre. En la regadera del baño de la Embajada casi no sale agua y la poca que sale está helada. Medio me baño. Vengo con dos chicas más, una me cae perfecto, la otra no tanto. Pasan por nosotros, bajamos maletas, subimos maletas, recorremos el campo marte, tomamos fotos, los niños caminan hacia sus escuelas, demasiada actividad para ser tan temprano.
Comienza el operativo. Será diferente al anterior, en vez de pasar una lista e ir llenando camiones, intentaremos pasar seis listas al mismo tiempo. Se juntan las personas con maletas. Es obvio que el rumor de que el viaje en barco está chido ya se corrió. También se corrió el rumor de que yo soy la dueña de la lista. Tuve que decir NO muchas veces, demasiadas. Sigue siendo una putada tener que jugar a ser dios y decidir el futuro de estas personas. A las 11 am estamos listos para partir hacia el puerto. Veníamos por 365 personas, traemos como 200. El camión se fue por los peores lugares de Port Au Prince: el centro y Cite Soleil (en el viaje anterior rodeamos ese barrio, ahora lo estamos atravesando). Escombros, escombros, postes de luz casi en el piso, filas realmente interminables en el Banco Central haitiano para recoger envíos de Western Union. Pasamos por el mercado central, es un caos, hay tanto tráfico que el camión se queda parado frente al mercado más de 15 minutos. La entrada del mercado luce un orgulloso letrero que deja constancia de la "benevolencia" del Comandante Chávez Frías y su revolución bolivariana. Los techos tienen las palabras Haití y Venezuela pintados. Se ven las ocho estrellas por todas partes, pero las espinacas las venden en el piso lleno de lodo. Y la ropa de segunda mano. La pobreza que se ve en este lugar es impactante. Seguimos atorados en el tráfico; el coche de al lado viene en sentido contrario, se aparece la policía motorizada, uno de los oficiales se para junto al coche y le corta cartucho al conductor. Son casi las 12 del día y aquí ya andan cortando cartuchos. O no hay policías o los que hay son de terror.
Llegamos a la Cementera, hay unos niños afuera de la cancha de fútbol de la Cementera y les tomé una foto increíble.

En mi camión viene un sacerdote vudú, estaría padre que me contara un poco de lo que hace. Nos reencontramos con el Comandante, los tenientes, los de la Embajada. Ni parece que haya pasado un mes. Comenzamos con el filtro, encontramos a 12 personas con documentos falsos o robándose identidades. Hasta el guey que nos persiguió en una moto hasta acá quería entrar con un nombre falso. Ya cuando estábamos en el barco, a punto de zarpar, encontramos a una señora con un acta de nacimiento falsa, tachada con liquid paper. Chale. La ayuda humanitaria de repente pierde sentido porque al ser humano le cuesta un chingo dejar de ser gandalla. Estoy deprimida. Me duelen los pies. Son las 12 de la noche y me acabo de dar cuenta de que no voy a ver a Paul McCartney. Puse Band on the Run a todo volumen. Chale otra vez.
Es viernes 28 y ya estamos navegando. Tuve diarrea todo el puto día y me siento pésimo (i) fue el agua empaquetada que compré ayer en Port Au Prince o (ii) fue la salsa que le puse ayer a la carne asada. Desayuné huevo salado, muy salado. El teniente guacala-que-rico medio me voltea a ver y me emociono como chavita. Me fui a acostar después de pasar la lista. Este grupo de haitianos es muy raro, como que no se integra. Estoy incomoda. El capitán está de malas. El barco no ha parado de moverse. Me quedé dormida a medio partido de fútbol y el capitán mandó a un camarero a tocar la puerta y ver si seguía viva. Me levanté. Hice bien porque el atardecer ha sido uno de los más chingones que he visto en mi vida.


Es sábado 29, me desperté a las 7:30 y me aventuré a desayunar las enchiladas, a ver si al rato no me quiebro. Son las 12:45 del día, me volví a dormir, nadie me despertó para pasar lista y acabo de abrir el ojo. En efecto, me duele la panza. Soñé con ese guey, un partido de jaguares y una tienda de comics. Me di cuenta de que lo extraño pero que casi nunca pienso en él. Me bañé, me puse rimel y me senté a comer con todos los tenientes. Secretamente me gusta ser su centro de atención. Nina habla francés y todo el tiempo está con los haitianos, yo debo confesar que estoy un poquito decepcionada por todo el asunto de los colados, los polizontes y los documentos falsos. Subí a ver el atardecer, otra vez increíble, estaba el teniente guacala-que-rico en el puente y tomó miles de fotos. Me dijo que tenía un pelo increíble y me puse toda roja como niña de primaria. nos dieron huevo de cenar. No se que pasa con los menus de estos señores, van a acabar con lo que queda de mi estómago.
El domingo fue un día muy extraño. Medio vimos el partido de la selección, cheleamos. Tomé tequila y canté canciones de José José, hasta imité a Lucerito. A ver si así se me quita la diarrea, el retortijón y todo lo demás. Platiqué horas con Guacala-que-rico y oh decepción, no sólo está casado, tiene dos hijos y adivinen que... se casó porque embarazó a su novia. Ya. Es de risa. Son las 12 de la noche, pasamos frente a Progreso y ya tenemos señal. Me cayeron todos los mails y las notificaciones de facebook y de twitter. There he was. Me salió una sonrisa y luego se me quitó.
Lunes: ya ni cuento lo mal que está mi pobre panza. Me gustaría dejar de sentir esta necesidad de estar en otra parte. O se me quita o voy a enloquecer. El sacerdote vudú le contó a Nina sus teorías de que el mundo efectivamente se termina en el 2012. Habrá que tener hijos en chinga. Vi Precious, vaya dramón, no se si se merecía estar nominada para tanto premio porque como película es lo más normal. Lo que si es que M'onique se merece todos y cada uno de los premios y reconocimientos que le dieron.
Martes: hoy es Día de la Marina y ya estamos fondeados. Mi jefe llegó a Veracruz y al capitán se le ocurrió mandarnos a Nina y a mi a recogerlo en el lanchón. Y también mandó a Guacala-que-rico, quien salió vestido de civil y ufffffffff. Que necesidad. El trayecto de ida estuvo chingón, la lancha casi ni se movió. Aproveché la tierra firme y me tomé un lechero en la Parroquía. Que rico comer en Veracruz. De regreso, de lo peor, me mareé todo lo que no me he mareado en mis 13 días de navegación. Lo chingón es que Guacala-que-rico me enseñó a manejar la lancha. Tuve que bajar por una de esas escaleras de cuerda pegadas al barco y subir por una escalera voladora. No estoy hecha para esto. Los haitianos organizaron cantarle el happy birthday en francés a toda la tripulación. Pescaron un dorado y nos lo comimos en axiote. Me sigue cayendo todo mal y ya me preocupé. Al teniente Macchetto se le ocurrió sacar la champaña y el whisky y nos empedamos, pero el gusto no nos duró mucho porque a las 5 de la mañana teníamos que estar despiertos para zafarrancho de atraco. Maccheto obvio no se despertó. Yo si porque el camarero tiró mi puerta a golpes, al final dormí una hora y media y me estuve muriendo durante toda la bienvenida y el traslado a Mexique.
Llegué a México y me topé otra vez con las caras de felicidad de la gente que recibe a sus familiares. Hubo una señora en particular, Ileana Baptiste, que me hizo llorar con lo que me dijo. Trajimos a sus dos hijos, de 10 y 8 años, tenía 3 años de no verlos. Nada más por esos pequeños minutos de agradecimiento todo: la diarrea, el polvo, las pocas horas de sueño, el movimiento del barco, TODO esto vale la pena.
Me dio miedo darme cuenta de que durante estos dos viajes es cuando más feliz he estado en el año. Me quiero ir a trabajar a Haití.
Pero yo no soy una persona normal. No me lleve más que mi agenda Moleskine y escribí muy poco. Estoy preocupada. Pensé que mi "inspiración" estaba de vuelta y nel, me equivoqué. Sigue igual de desaparecida y es una tragedia. De repente siento que me ahogo y no puedo escribir.
Como ya se sabe, fui nuevamente a Haití y haré mi mejor intento por recobrar mis pocas notas y contar lo que sucedió.
Despertarse a las 3 de la mañana es una mentada de madre. Mientras venía en el taxi me di cuenta de que no llevo ni un mes sin ver a esa personita y me ha parecido una eternidad. Supongo que sobrellevar la ausencia obligada suele ser complicado pero que un día me voy a despertar y ya no voy a sentir nada. El vuelo, a diferencia del pasado, venía casi vacío. Que maravilla no tener que aguantar a señoras que no paran de platicar mamadas (soy una amargada). Me tocó sentarme en una fila para mi solita pero no pude dormir mucho porque el final de Lost me dejó traumada y la alergia me pegó cabrón, hasta me dolía la nariz. Llegamos a Miami. El joven del CBP me interrogó como nunca me habían interrogado, hasta tuve que identificarme como oficial de migración... "Are you armed, Miss? Oh no, of course I'm not and it's a shame..." (por supuesto que al gringo no le cayó nada en gracia mi chiste). Al resto de mis compañeros les tocó el hispano cagado que te habla en español y a mi el mamón que no me dejaba pasar. Y luego el traductor. Nuestro traductor es un chavo haitiano que vive en México como de 24 años a toda madre al que se le hizo buena idea empacar su navaja enorme junto con sus hojas de afeitar en su equipaje de mano. Ahí les encargo el pedo en el filtro de los zapatos, de milagro no nos encerraron a los tres (el traductor, Nina y yo) en el cuartito de los sospechosos. Lo preocupante es que en México ni se enteraron. Estamos buenos para revisar las maletas.
Cuatro largas horas en el Miami International Airport fueron pocas para mi espíritu compulsivo de compra. Que bueno -de verdad- que cuando estuve en San Antonio no llevaba lana, neta hubiera enloquecido. Entré a Borders y me llevé todo lo que podía cargar: la trilogía Millenium de Stieg Larsson (me urge saber por qué el mundo está loco por esos libros), la Vanity Fair con la portada de Cristiano Ronaldo y Drogba en calzones (cualquiera que no reconozca que Ronaldo se cae de bueno es porque está ciego), la Rolling Stone del aniversario del Exile on Main Street de los Stones (yujuuuuu Rocks off), la Q con Paul McCartney en la portada y en todos los artículos (para echarle más limón a la herida), el dvd de Where The Wild Things Are (que no he visto y espero no me decepcione), Interviews by Rolling Stone y una novela de Nick Hornby que me recomendó la vendedora, se llama Slam y cuando me subí al avión leí que se trata de un guey que embaraza a su novia por error. Las novias embarazadas por error me persiguen. Que bueno que también me compré ochocientos Toblerones, Twizzlers y Doritos, los voy a necesitar si empiezo a leer ese libro.
El vuelo a Port Au Prince tranquilo. Me encanta el quesito cheddar que dan los de American Airlines como botana, me recuerda al quesito Mio (¿alguien recuerda el quesito Mio? seguro rumorology y ginger si) y también te dan un toblerone. Y ponen 30 Rock y The Office. Te consienten tanto que se te olvida a donde vas. Llegamos al aeropuerto Toussaint Louverture y en vez de militares nos recibió una banda tocando copá (la música típica haitiana). La recepción fue menos caótica que en el viaje anterior, excepto porque mi maleta fue la última en aparecer y ya me estaba dando un paro cardiaco. Ya no hay militares en el aeropuerto, lo que me hace pensar que las cosas están volviendo poco a poco a la normalidad.
El Cónsul ahora si trajo dos camionetas -traíamos a tres nuevos integrantes en la delegación y no tuve que viajar en las piernas de nadie- y nos llevó a comer a la MINUSTAH. Para quien no lo sepa, la MINUSTAH es la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilidad en Haití, la cual lleva ya seis años operando en Haití, empezaron justo después del conflicto armado que derrocó a Jean-Bertrand Aristide en el 2004. Algunos datos duros: la MINUSTAH se integra por 10,565 uniformados, 8,304 soldados, 2,261 policías de Naciones Unidas, 471 civiles de distintas nacionalidades, 1,235 civiles locales y 207 voluntarios de Naciones Unidas y su objetivo principal es mantener la paz y la estabilidad en Haití. En un inicio, su tarea fue vigilar que el proceso de cambio de gobierno fuera transparente y pacífico, después se consideró necesaria su presencia para contribuir al desarme de la población y colaborar en la manutención de un clima político estable. Ahora, con el terremoto, han adquirido otras funciones, como intentar mantener el orden en un lugar con gobierno y edificios colapsados -y en el que es muy difícil determinar qué está más colapsado: si el gobierno o la ciudad.
El restaurante de la MINUSTAH se llama The Deck y se come demasiado bien. Lo más cerca que había estado de la ONU fue una vez que tuve que llevar un sobre a las oficinas de la ONU en México y llegué hasta la recepción. Este lugar es otro pedo. Entras al Deck y hay gente hablando en seis idiomas diferentes, hasta el menú es internacional: carne traída directamente de Brasil, baguettes con pan y jamón importados de Francia, pastel de choclo, platos libaneses y -obviamente- cervezas mexicanas. Entrar es como entrar a un país totalmente diferente pero dentro de Haití. Quise quedarme a trabajar aquí.
Después de relajarnos un rato, comer calamares empanizados, cus cus y tomar cerveza haitiana, llamada Prestige, nos pusimos a buscar hotel, porque el traslado de dos horas al puerto fue descartado. Nos llevaron al Hotel Plaza, a dos cuadras de donde sería el operativo, justo enfrente del campamento instalado en Champ Mars (el campo marte, que no es otra cosa que la plaza donde está el Palacio de Gobierno, si, ese que salió en las fotos de todos los periódicos). El mismo trámite que con la MINUSTAH: polvo, escombros, polvo, escombros, cruzas una puerta y te encuentras en un lugar por el que nunca pasó un terremoto. Árboles, alberca y música en el bar, eso si, repleto de extranjeros con radios, mapas, planos, cara de que no se han bañado en tres días y botas llenas de polvo. También quise quedarme a trabajar ahí, con alguno de ellos. No hubo habitación disponible y terminamos en la Embajada de México en un catre.
Port Au Prince de noche parece pesadilla. Es en serio que no hay ni medio farol en la calle. Solamente se ven las lamparitas y velas de los campamentos/campos de concentración. Y huele a carbón.
Jueves 27: nos despertamos a las 5 de la mañana. Estaba tan cansada que ni me enteré de que dormí en un catre. En la regadera del baño de la Embajada casi no sale agua y la poca que sale está helada. Medio me baño. Vengo con dos chicas más, una me cae perfecto, la otra no tanto. Pasan por nosotros, bajamos maletas, subimos maletas, recorremos el campo marte, tomamos fotos, los niños caminan hacia sus escuelas, demasiada actividad para ser tan temprano.
Comienza el operativo. Será diferente al anterior, en vez de pasar una lista e ir llenando camiones, intentaremos pasar seis listas al mismo tiempo. Se juntan las personas con maletas. Es obvio que el rumor de que el viaje en barco está chido ya se corrió. También se corrió el rumor de que yo soy la dueña de la lista. Tuve que decir NO muchas veces, demasiadas. Sigue siendo una putada tener que jugar a ser dios y decidir el futuro de estas personas. A las 11 am estamos listos para partir hacia el puerto. Veníamos por 365 personas, traemos como 200. El camión se fue por los peores lugares de Port Au Prince: el centro y Cite Soleil (en el viaje anterior rodeamos ese barrio, ahora lo estamos atravesando). Escombros, escombros, postes de luz casi en el piso, filas realmente interminables en el Banco Central haitiano para recoger envíos de Western Union. Pasamos por el mercado central, es un caos, hay tanto tráfico que el camión se queda parado frente al mercado más de 15 minutos. La entrada del mercado luce un orgulloso letrero que deja constancia de la "benevolencia" del Comandante Chávez Frías y su revolución bolivariana. Los techos tienen las palabras Haití y Venezuela pintados. Se ven las ocho estrellas por todas partes, pero las espinacas las venden en el piso lleno de lodo. Y la ropa de segunda mano. La pobreza que se ve en este lugar es impactante. Seguimos atorados en el tráfico; el coche de al lado viene en sentido contrario, se aparece la policía motorizada, uno de los oficiales se para junto al coche y le corta cartucho al conductor. Son casi las 12 del día y aquí ya andan cortando cartuchos. O no hay policías o los que hay son de terror.
Llegamos a la Cementera, hay unos niños afuera de la cancha de fútbol de la Cementera y les tomé una foto increíble.

En mi camión viene un sacerdote vudú, estaría padre que me contara un poco de lo que hace. Nos reencontramos con el Comandante, los tenientes, los de la Embajada. Ni parece que haya pasado un mes. Comenzamos con el filtro, encontramos a 12 personas con documentos falsos o robándose identidades. Hasta el guey que nos persiguió en una moto hasta acá quería entrar con un nombre falso. Ya cuando estábamos en el barco, a punto de zarpar, encontramos a una señora con un acta de nacimiento falsa, tachada con liquid paper. Chale. La ayuda humanitaria de repente pierde sentido porque al ser humano le cuesta un chingo dejar de ser gandalla. Estoy deprimida. Me duelen los pies. Son las 12 de la noche y me acabo de dar cuenta de que no voy a ver a Paul McCartney. Puse Band on the Run a todo volumen. Chale otra vez.
Es viernes 28 y ya estamos navegando. Tuve diarrea todo el puto día y me siento pésimo (i) fue el agua empaquetada que compré ayer en Port Au Prince o (ii) fue la salsa que le puse ayer a la carne asada. Desayuné huevo salado, muy salado. El teniente guacala-que-rico medio me voltea a ver y me emociono como chavita. Me fui a acostar después de pasar la lista. Este grupo de haitianos es muy raro, como que no se integra. Estoy incomoda. El capitán está de malas. El barco no ha parado de moverse. Me quedé dormida a medio partido de fútbol y el capitán mandó a un camarero a tocar la puerta y ver si seguía viva. Me levanté. Hice bien porque el atardecer ha sido uno de los más chingones que he visto en mi vida.


Es sábado 29, me desperté a las 7:30 y me aventuré a desayunar las enchiladas, a ver si al rato no me quiebro. Son las 12:45 del día, me volví a dormir, nadie me despertó para pasar lista y acabo de abrir el ojo. En efecto, me duele la panza. Soñé con ese guey, un partido de jaguares y una tienda de comics. Me di cuenta de que lo extraño pero que casi nunca pienso en él. Me bañé, me puse rimel y me senté a comer con todos los tenientes. Secretamente me gusta ser su centro de atención. Nina habla francés y todo el tiempo está con los haitianos, yo debo confesar que estoy un poquito decepcionada por todo el asunto de los colados, los polizontes y los documentos falsos. Subí a ver el atardecer, otra vez increíble, estaba el teniente guacala-que-rico en el puente y tomó miles de fotos. Me dijo que tenía un pelo increíble y me puse toda roja como niña de primaria. nos dieron huevo de cenar. No se que pasa con los menus de estos señores, van a acabar con lo que queda de mi estómago.
El domingo fue un día muy extraño. Medio vimos el partido de la selección, cheleamos. Tomé tequila y canté canciones de José José, hasta imité a Lucerito. A ver si así se me quita la diarrea, el retortijón y todo lo demás. Platiqué horas con Guacala-que-rico y oh decepción, no sólo está casado, tiene dos hijos y adivinen que... se casó porque embarazó a su novia. Ya. Es de risa. Son las 12 de la noche, pasamos frente a Progreso y ya tenemos señal. Me cayeron todos los mails y las notificaciones de facebook y de twitter. There he was. Me salió una sonrisa y luego se me quitó.
Lunes: ya ni cuento lo mal que está mi pobre panza. Me gustaría dejar de sentir esta necesidad de estar en otra parte. O se me quita o voy a enloquecer. El sacerdote vudú le contó a Nina sus teorías de que el mundo efectivamente se termina en el 2012. Habrá que tener hijos en chinga. Vi Precious, vaya dramón, no se si se merecía estar nominada para tanto premio porque como película es lo más normal. Lo que si es que M'onique se merece todos y cada uno de los premios y reconocimientos que le dieron.
Martes: hoy es Día de la Marina y ya estamos fondeados. Mi jefe llegó a Veracruz y al capitán se le ocurrió mandarnos a Nina y a mi a recogerlo en el lanchón. Y también mandó a Guacala-que-rico, quien salió vestido de civil y ufffffffff. Que necesidad. El trayecto de ida estuvo chingón, la lancha casi ni se movió. Aproveché la tierra firme y me tomé un lechero en la Parroquía. Que rico comer en Veracruz. De regreso, de lo peor, me mareé todo lo que no me he mareado en mis 13 días de navegación. Lo chingón es que Guacala-que-rico me enseñó a manejar la lancha. Tuve que bajar por una de esas escaleras de cuerda pegadas al barco y subir por una escalera voladora. No estoy hecha para esto. Los haitianos organizaron cantarle el happy birthday en francés a toda la tripulación. Pescaron un dorado y nos lo comimos en axiote. Me sigue cayendo todo mal y ya me preocupé. Al teniente Macchetto se le ocurrió sacar la champaña y el whisky y nos empedamos, pero el gusto no nos duró mucho porque a las 5 de la mañana teníamos que estar despiertos para zafarrancho de atraco. Maccheto obvio no se despertó. Yo si porque el camarero tiró mi puerta a golpes, al final dormí una hora y media y me estuve muriendo durante toda la bienvenida y el traslado a Mexique.
Llegué a México y me topé otra vez con las caras de felicidad de la gente que recibe a sus familiares. Hubo una señora en particular, Ileana Baptiste, que me hizo llorar con lo que me dijo. Trajimos a sus dos hijos, de 10 y 8 años, tenía 3 años de no verlos. Nada más por esos pequeños minutos de agradecimiento todo: la diarrea, el polvo, las pocas horas de sueño, el movimiento del barco, TODO esto vale la pena.
Me dio miedo darme cuenta de que durante estos dos viajes es cuando más feliz he estado en el año. Me quiero ir a trabajar a Haití.
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lunes, 7 de junio de 2010
tifoidea
miércoles, 26 de mayo de 2010
desde Port Au Prince
No he ni terminado de escribir la reseña del viaje anterior cuando ya estoy otra vez en Haití.
Ustedes disculpen, es que mis ganas de escribir desaparecieron por completo. Afortunadamente para mí -y espero que para algunos de ustedes- Iñaki tuvo a bien regalarme la versión digital del disco de Edward Sharpe and the Magnetic Zeros y todo regresó a su lugar. Iñaki no lo sabe, pero muchas veces me saca sonrisas casi imposibles
Me tengo que ir porque estoy usurpando la computadora del H. Cónsul. Hoy nos toca dormir en unos cómodos catres instalados en la Embajada de México. Así, a mitad de la oficina. Y mis compañeritos ya se quieren dormir. Nos toca comenzar mañana a las 6 de la mañana con todo el show.
Por fin se me hizo conocer la MINUSTAH. Anticipo que por algo la Organización de las Naciones Unidas se llama así. Nunca había visto a tanta gente de tantas nacionalidades distintas en un mismo lugar.
Regreso pronto. Espero.
Ustedes disculpen, es que mis ganas de escribir desaparecieron por completo. Afortunadamente para mí -y espero que para algunos de ustedes- Iñaki tuvo a bien regalarme la versión digital del disco de Edward Sharpe and the Magnetic Zeros y todo regresó a su lugar. Iñaki no lo sabe, pero muchas veces me saca sonrisas casi imposibles
Me tengo que ir porque estoy usurpando la computadora del H. Cónsul. Hoy nos toca dormir en unos cómodos catres instalados en la Embajada de México. Así, a mitad de la oficina. Y mis compañeritos ya se quieren dormir. Nos toca comenzar mañana a las 6 de la mañana con todo el show.
Por fin se me hizo conocer la MINUSTAH. Anticipo que por algo la Organización de las Naciones Unidas se llama así. Nunca había visto a tanta gente de tantas nacionalidades distintas en un mismo lugar.
Regreso pronto. Espero.
lunes, 24 de mayo de 2010
jueves 22
Me desperté antes de que sonara el despertador, a las 6:45 de la mañana, para ser exactos.
Fue un milagro!!!!
No puedo seguir comiendo como estoy comiendo, tengo la sospecha de que estos cabrones me quieren usar de boya llegando a Veracruz. Ya dejamos la zona económica exclusiva cubana y ahora estamos en el caribe mexicano. Quesque ya habra señal en algún momento de la tarde pero no pretendo prender mi celular. Hoy me siento mucho mejor que ayer, además dormí como bebé.
He descubierto que los haitianos son... raros. Llevan cuatro días aquí y desconfían completamente del agua que se sirve en el barco, se han pasado todo el viaje en la enfermeria quesque porque el agua esta contaminada. A ver. Seamos realistas, el agua no creo que sea muy limpia en Puerto Príncipe, pero bueno, el doctor los atiende a todos una y otra vez.
Ahorita son 10:49 de la noche. Me pasé toda la tarde viendo películas. Me eché Daybreakers que me en-can-tó (el Poyo estaría orgulloso de leer esto), otra que se llama Salvajes donde sale la perra desgraciada esa que anda con mi amorcito Robert Pattinson y Shutter Island. No sé si me gustó. También tejí toda la tarde, y cargué al bebé de 3 meses en la enfermería, es muy chiquito, tiene gripa y tose de la manera más delicada en la que alguien puede toser. Tuve que ayudar a ponerle el inhalador y me dio no se que llenar una cara tan pequeña de olor a vick vap-o-rub (ahora me viene a la mente mi abuela porque mi abuela, así como el señor que sale en la película de la boda griega con el windex, solucionaba absolutamente todo con el vick vap-o-rub. TODO). El caribe fue territorio telcel como por 4 minutos, por ahí de las 8 de la noche. El Golfo de México, en donde estamos ahorita, no lo es.
La neta es que sólo puedo pensar en lo afortunada que estoy siendo. Subí al puente a disque ver el atardecer, me senté en la silla del jefe del barco mientras el jefe del barco se cagaba de risa y me tomaba fotos. En la galleta hay un albatros, lleva una hora ahí y no tiene la menor intencion de quitarse. La galleta es la parte más alta del barco. El gallo se va a poner loco de celos cuando se de cuenta de que un albatros está usurpando su status de "ave oficial del barco". Me da mucha risa el sistema de voceo del barco. El maestre Escobar, encargado de la comunicación es a toda madre y tiene un acento muy cagado, como de costeñito. Bueno, aquí todos tienen acento de costeñito. En la cena se sentó junto a mi el teniente Sedas (siento que tiene nombre de albur) y me puse toda nerviosa, alguien tuvo la brillante idea de poner Avatar -por más que intento, mi destino no puede escaparse de Avatar- y en mi nervio no paré de criticar Avatar. Pero cuando digo "no paré" es que de verdad NO podía dejar de hablar... yesquemecagaJamesCameronesunapelículadecomefloresyforeversquemamadaesesadelárbolquehablayqueseconectanporlacolaesunaridiculezquehorrorqueseanazulesmerehusoaverla. Él me veia con cara de que-pedo-con-esta-señora, porque seguro para el teniente de 23 años soy una señora. Estoy empezando a desarrollar un serio problema con los uniformados. Algo así como guacala que rico. Soy una ñera. Pero el teniente no me pela ni tantito. Me hace más caso el gallo que el teniente. Ahora que lo pienso, puto atardecer pitero en el que no se vio nada, ah si, pero en el atardecer chingón yo encerrada en la enfermería. Espero mañana si poder ver uno.
Cerraré la nota platicando del Sugargate. Resulta que nos quedamos sin azúcar. Si. En un buque militar con no se cuantos kilos de azúcar, supuestamente suficientes para satisfacer las necesidades azucareras de 500 personas durante 6 días se terminó el azúcar. Es que nadie sabía que el personal haitiano tiene una necesidad compulsiva de consumir azúcar. Es increíble. Se sirven un vaso de agua de jamaica -que de por sí aquí en el barco se prepara dulce- y le ponen 4 cucharadotas de azúcar. Y así con todo. En la primera noche una señora se robó un vaso repleto de azúcar, ¿para qué lo quería? quien sabe. El agua está contaminada pero con azúcar ya no ¿no?. Y el capitán furioso porque nos quedamos sin azucar.
Watergate, Pemexgate, Ligasgate... y ahora... Sugargate.
Supuestamente mañana llegamos a Veracruz y comenzará nuestro fondeo de día y medio. Los tenientes llevan tres días asustándome con que en la entrada a Veracruz la cosa se pone horrible y las olas son de 3 metros. A ver si no rompo mi record intachable de cuatro días sin vomitar.
Fue un milagro!!!!
No puedo seguir comiendo como estoy comiendo, tengo la sospecha de que estos cabrones me quieren usar de boya llegando a Veracruz. Ya dejamos la zona económica exclusiva cubana y ahora estamos en el caribe mexicano. Quesque ya habra señal en algún momento de la tarde pero no pretendo prender mi celular. Hoy me siento mucho mejor que ayer, además dormí como bebé.
He descubierto que los haitianos son... raros. Llevan cuatro días aquí y desconfían completamente del agua que se sirve en el barco, se han pasado todo el viaje en la enfermeria quesque porque el agua esta contaminada. A ver. Seamos realistas, el agua no creo que sea muy limpia en Puerto Príncipe, pero bueno, el doctor los atiende a todos una y otra vez.
Ahorita son 10:49 de la noche. Me pasé toda la tarde viendo películas. Me eché Daybreakers que me en-can-tó (el Poyo estaría orgulloso de leer esto), otra que se llama Salvajes donde sale la perra desgraciada esa que anda con mi amorcito Robert Pattinson y Shutter Island. No sé si me gustó. También tejí toda la tarde, y cargué al bebé de 3 meses en la enfermería, es muy chiquito, tiene gripa y tose de la manera más delicada en la que alguien puede toser. Tuve que ayudar a ponerle el inhalador y me dio no se que llenar una cara tan pequeña de olor a vick vap-o-rub (ahora me viene a la mente mi abuela porque mi abuela, así como el señor que sale en la película de la boda griega con el windex, solucionaba absolutamente todo con el vick vap-o-rub. TODO). El caribe fue territorio telcel como por 4 minutos, por ahí de las 8 de la noche. El Golfo de México, en donde estamos ahorita, no lo es.
La neta es que sólo puedo pensar en lo afortunada que estoy siendo. Subí al puente a disque ver el atardecer, me senté en la silla del jefe del barco mientras el jefe del barco se cagaba de risa y me tomaba fotos. En la galleta hay un albatros, lleva una hora ahí y no tiene la menor intencion de quitarse. La galleta es la parte más alta del barco. El gallo se va a poner loco de celos cuando se de cuenta de que un albatros está usurpando su status de "ave oficial del barco". Me da mucha risa el sistema de voceo del barco. El maestre Escobar, encargado de la comunicación es a toda madre y tiene un acento muy cagado, como de costeñito. Bueno, aquí todos tienen acento de costeñito. En la cena se sentó junto a mi el teniente Sedas (siento que tiene nombre de albur) y me puse toda nerviosa, alguien tuvo la brillante idea de poner Avatar -por más que intento, mi destino no puede escaparse de Avatar- y en mi nervio no paré de criticar Avatar. Pero cuando digo "no paré" es que de verdad NO podía dejar de hablar... yesquemecagaJamesCameronesunapelículadecomefloresyforeversquemamadaesesadelárbolquehablayqueseconectanporlacolaesunaridiculezquehorrorqueseanazulesmerehusoaverla. Él me veia con cara de que-pedo-con-esta-señora, porque seguro para el teniente de 23 años soy una señora. Estoy empezando a desarrollar un serio problema con los uniformados. Algo así como guacala que rico. Soy una ñera. Pero el teniente no me pela ni tantito. Me hace más caso el gallo que el teniente. Ahora que lo pienso, puto atardecer pitero en el que no se vio nada, ah si, pero en el atardecer chingón yo encerrada en la enfermería. Espero mañana si poder ver uno.
Cerraré la nota platicando del Sugargate. Resulta que nos quedamos sin azúcar. Si. En un buque militar con no se cuantos kilos de azúcar, supuestamente suficientes para satisfacer las necesidades azucareras de 500 personas durante 6 días se terminó el azúcar. Es que nadie sabía que el personal haitiano tiene una necesidad compulsiva de consumir azúcar. Es increíble. Se sirven un vaso de agua de jamaica -que de por sí aquí en el barco se prepara dulce- y le ponen 4 cucharadotas de azúcar. Y así con todo. En la primera noche una señora se robó un vaso repleto de azúcar, ¿para qué lo quería? quien sabe. El agua está contaminada pero con azúcar ya no ¿no?. Y el capitán furioso porque nos quedamos sin azucar.
Watergate, Pemexgate, Ligasgate... y ahora... Sugargate.
Supuestamente mañana llegamos a Veracruz y comenzará nuestro fondeo de día y medio. Los tenientes llevan tres días asustándome con que en la entrada a Veracruz la cosa se pone horrible y las olas son de 3 metros. A ver si no rompo mi record intachable de cuatro días sin vomitar.
domingo, 23 de mayo de 2010
miércoles 21
Me fue fisicamente imposible despertarme para desayunar a las 7 de la mañana. Como a las 8 sonó el teléfono del camarote. Dioshayunteléfonosonando. Pensé que era pesadilla porque llevo tres días sin escuchar ni medio teléfono. Era el capitán/comandante "¿Qué guerita? ¿No piensa venir a desayunar?" Si, si, ya voy. Salí corriendo casi en pijama. Al capitán nadie le dice que no. La Marina no conoce los desayunos ligeros: hoy tocaron enchiladas de cochinita pibil. Sospecho que estos gueyes me quieren usar de boya llegando a Veracruz porque me alimentan como si lo necesitara. El barco bajó la velocidad de 14.6 nudos a 4, quien sabe por qué. El mar se veía más azul todavia. Como a las 11 comenzó el partido de fut México contra Haiti. Durante un día fui la única mujer entre 253 hombres. Ahora soy la única mexicana entre 553 personas. El sótano del barco hizo las veces de cancha de fútbol. Comenzó el partido y los haitianos estaban verdaderamente emocionados. Ya sabemos que fut no conoce fronteras. Los primeros dos partidos los ganamos nosotros. El tercero, ellos. A uno de los delanteros le apodan "Araña", es chaparrito, chaparrito pero corre como la chingada. El capitán le grita "orale Araña, abusado". La estatura promedio del seleccionado haitiano es de 1.70, la del nuestro es 10 centímetros menos. Mete gol Haití y el público se emociona como si fuera la final del mundial, nuevamente. Tan simple que es la alegría proporcionada por un balón y dos porterías. Me recordó la goliza en las eliminatorias de los olímpicos de Beijing y a la cara de idiota de Santiago Fernandez al terminar el partido (¿en dónde juega ahora ese guey? ¿En el equipo de la Anahuac?) Su cara era muy triste, adios Hugol. Me llama la atención que los marinos graban todo lo que pasa, siento que para ellos somos como bichos raros en aparador, todos. Los haitianos y yo. Tengo un cólico espantoso y el Midol ese que me recomendó Lele me está haciendo lo que el viento a Juárez. Me traté de dormir después de comer -aquí se come a la 1- y empecé a alucinar. Creo que en estos días incrementará el odio inusitado que siento hacia todas las playlists de mi ipod. Pobre música qué culpa tiene de que eso haya salido tan mal. Diario pasamos lista dos veces, a las 10 y a las 5. Fue mucho más rápido que ayer. Algunos haitianos ya se están aprendiendo la numeración en español. Se escucha en el sistema de voceo local "oficiales de máquinas favor de presentarse en la central con el jefe". El Jefe de Máquinas me cae perfecto y me da mucha envidia su caja de cereal a la hora del desayuno. A Giovanni le picó una abeja mientras estábamos pajareando en la última cubierta... Qué cómo llegó hasta ahí la abeja cuando vamos a no-se-cuantos-nudos es un misterio. Vimos peces voladores, poquitos. Mañana voy a empezar con el tráfico de películas porque ahora si no vamos a tener mucho que hacer. Todas las noches sirven palomitas después de la cena, es un ritual muy raro. Hoy me perdí del atardecer porque una chava se quejó del corazón y el capitán me mandó a la enfermería a presenciar la revisión, claro, al capitán no se le dice que no. Nunca. Resultó que la chavita llevaba 3 días sin tomar sus medicinas. Que huevos. Por fin me vine a dormir temprano. Estos días del mes son complicados. Creo que además del tráfico de películas, tengo que comenzar con el tráfico de botellas de agua porque ya no me quedan muchas. Viva el contrabando a bordo del buque de guerra.
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perdida en un barco
sábado, 22 de mayo de 2010
martes 20
Sonó el despertador a las 6:30 y por un segundo no supe en dónde estaba. La llamada a desayuno era -y será durante las siguientes cinco o seis mañanas- a las 7, obviamente yo me apareci en la mesa sin bañarme y con lagañas a las 7:15. Veo que uno de mis compañeros se está empacando un plato con algo parecido a una pierna de pollo enorme. A quien se le ocurre dar caldo de pollo de desayunar a estas horas de la madrugada. Mi desayuno entonces se limitó a un pan con mermelada y un "lechero" (café con leche como el que hacen en Veracruz). Tiene un chingo de azúcar. Me da pena pedir que me lo cambien porque no me gusta el azúcar. No me he mareado. Estoy agotada. Terminando de desayunar me quería dormir pero tuvimos que pasar lista. Lograr que los 250 haitianos se formaran de acuerdo al numero del papelito que tienen en la mano fue un triunfo, nos tardamos casi tres horas. Ya se llegar desde la cámara de capitanes al comedor de los haitianos y el personal (del que yo no formo parte) sin perderme, tambien ya se llegar al puente desde mi camarote. El puente no es un puente. El puente es el cuarto donde están todos los controles del barco, incluyendo el timón. Soy la consentida del capitán, a la hora de la comida me invitó una chela que me supo a gloria. Amo la salsa roja que cocinan en este lugar. Pobre de mi, pensando que no iba a tener nada que hacer y me pasé todo el día en chinga, recorrí el barco 13 veces. En uno de los pocos momentos de ocio, el capitán me llevó a ver la bodega vacía y nos topamos con una cáscara, así que mañana tendremos partido de fútbol México contra Haití.
Creo que el trabajo del capitán consiste en firmar papeles cada media hora y dar órdenes. Todo el tiempo. Y cada vez que termina de dar una orden dice "Pendientes". Cada vez que lo escucho decir "pendientes" me da un ataque de risa.
Todo el día tuvimos una Cuba muy lejana enfrente. Hace un rato el capitán nos dio nuestra primer clase de estrellas, Giovanni es mi compañero de clase y ya me aprendí el nombre de varias estrellas pero todavia no distingo la forma de Leo ni creo poder ubicar mañana a la primera la Osa Mayor. Durante la clase me sentí como Rachel en ese capítulo de Friends en el que está viendo su ultrasonido y por más que intenta no logra ver al bebe en el ecograma. Conté el chiste de Paulette y Ricky Martin en la cena y el Segundo Comandante casi se ahoga de risa. Adiós protocolo militar: hola segunda chela del dia. Un haitiano me quiso hacer platica pero mi frances está por los suelos, aunque Junior dice que tengo buen acento. Nel. No lo creo. Solamente se decir los números.
Son las 11 de la noche. Prendo el ipod. Me doy cuenta de que me urge tener playlists nuevas que no me recuerden a nadie mas que a mi y a lo feliz que estoy en este preciso instante. El barco se mueve de un lado al otro y mi propósito es que en tres dias sepa ubicar a la primera todas las estrellas importantes del diagrama de estrellas que me van a regalar y que cuando escuche Dear Prudence deje de tener ganas de llorar. So far, voy bastante bien.
Después de más de 24 horas en altamar llego a la conclusión de que lo chingón de navegar es que uno lleva al maximo la capacidad para perder la nocion del tiempo. Y el silencio. bendito silencio color azul rey.
Pendientes.
Creo que el trabajo del capitán consiste en firmar papeles cada media hora y dar órdenes. Todo el tiempo. Y cada vez que termina de dar una orden dice "Pendientes". Cada vez que lo escucho decir "pendientes" me da un ataque de risa.
Todo el día tuvimos una Cuba muy lejana enfrente. Hace un rato el capitán nos dio nuestra primer clase de estrellas, Giovanni es mi compañero de clase y ya me aprendí el nombre de varias estrellas pero todavia no distingo la forma de Leo ni creo poder ubicar mañana a la primera la Osa Mayor. Durante la clase me sentí como Rachel en ese capítulo de Friends en el que está viendo su ultrasonido y por más que intenta no logra ver al bebe en el ecograma. Conté el chiste de Paulette y Ricky Martin en la cena y el Segundo Comandante casi se ahoga de risa. Adiós protocolo militar: hola segunda chela del dia. Un haitiano me quiso hacer platica pero mi frances está por los suelos, aunque Junior dice que tengo buen acento. Nel. No lo creo. Solamente se decir los números.
Son las 11 de la noche. Prendo el ipod. Me doy cuenta de que me urge tener playlists nuevas que no me recuerden a nadie mas que a mi y a lo feliz que estoy en este preciso instante. El barco se mueve de un lado al otro y mi propósito es que en tres dias sepa ubicar a la primera todas las estrellas importantes del diagrama de estrellas que me van a regalar y que cuando escuche Dear Prudence deje de tener ganas de llorar. So far, voy bastante bien.
Después de más de 24 horas en altamar llego a la conclusión de que lo chingón de navegar es que uno lleva al maximo la capacidad para perder la nocion del tiempo. Y el silencio. bendito silencio color azul rey.
Pendientes.
martes, 18 de mayo de 2010
lunes 19
Me desperté a las 4:45 de la mañana. Las 3 horas con 45 minutos en las que pude dormir me las pasé soñando con que me quedaba dormida y el cónsul me dejaba en el barco. Tal vez fue porque mi jefe en algún momento de la noche del domingo pensó que no era buena idea llevarme al operativo. Me bañé. Las regaderas de mi baño son chiquititas y metálicas. A ver de que chingados me agarro para no caerme cuando esto se esté moviendo. Sigo sin saber en qué momento mi jefe creyó que era muy peligroso llevarme a Puerto Príncipe. Afortunadamente, me quejé. Afortunadamente, recapacitó.
El cocinero del barco nos preparó unas tortas, también nos empacó unos refrescos. Salimos del barco a las 5:15, ya había amanecido por completo. Me siento rara en uniforme pero -insisto- me gusta traer algo puesto con la bandera de México. Presiento que en este viaje me va a salir lo patriota. Se supone que el H. Cónsul de México en Puerto Príncipe estaría a las 5:30 en la puerta del barco para llevarnos a la ciudad. Nada. A mi jefe se le hace buena idea ir caminando hasta la entrada de la fábrica. Ah claro. Es que ustedes no lo saben pero por supuesto que la infraestructura portuaria del gobierno haitiano es nula y alguien de Cemex sobrevoló la costa durante horas hasta que encontró este muelle, el cual pertenece a la Cimentiere Nationale, que -también, por supuesto- no es haitiana, es colombiana. Caminamos, caminamos, más y más polvo, el cónsul ni sus luces, el clima hace que parezcan las 12 del día, caminamos, sudo sin parar, caminamos. 25 minutos después estamos en la entrada. Nadie llega por nosotros. Nos sentamos a comer torta y tomar coca cola medio caliente. Bebida perfecta para las 6 de la mañana. Los trabajadores entran y nos ven raro. Uno le pregunta al traductor (en el grupo viene un chavo haitiano que hace las veces de traductor) "¿y todos estos blancos que hacen aquí??".
7:21 de la mañana. Se aparece el cónsul, casi dos horas después.
El camino hacia la ciudad me pareció mucho más corto que ayer. A lo mejor porque vengo sentada y no encima de mi jefe y de la palanca de velocidades; a lo mejor porque se me cerraban los ojos y me dormí un poquito hasta que escuché a mi jefe decir "¿Son 354 personas en la lista, verdad Montserrat? Si, si, Juan Ignacio...". Respuesta en automático, ojos abiertos y otra vez el polvo pesado de los escombros. Otra vez el caos en las calles, otra vez la destrucción, los campos de concentración que dan la impresión de no poder admitir a una persona más, océanos de techos de plástico, misas improvisadas en lo que queda de la banqueta. Otra vez Puerto Príncipe.
Llegamos al cine Triomphe y -como me lo imaginaba- hay una multitud de gente alrededor del primero de los camiones. Nos bajamos. Nos dan la instrucción de observar y no intervenir. El primer filtro sería responsabilidad del gobierno haitiano. Hay una cámara de Milenio Televisión. La gente se percata de nuestros uniformes. Se me acercan y me preguntan cosas en francés. Me enseñan sus oficios de internación. Yo trato de ser amable sin intervenir. Mucha gente con maletas enormes. Inquietud. A los funcionarios de migración haitianos les parece que pasar la lista a gritos es el mejor de los métodos. Claro que nadie trae un megáfono. Claro que nadie considera necesario hacer una fila. Claro que nadie cree conveniente dejar un espacio prudente para que las personas que vienen cargando sus maletas puedan pasar y subir al camión. Claro que las personas que están hasta atrás no han de estar oyendo nada. Claro que los que saben que no están en La Lista, me están acosando para que lea sus oficios o les diga que pueden subir. No se en qué momento termino parada junto al tipo de la lista, en la puerta del camión revisando pasaportes. Ni siquiera me doy cuenta de que ya es la 1 de la tarde, de que el sol me está tatemando la cara y que no he tomado agua en no se cuántas horas. Alguien llega y me da una botella de agua. Alguien más llega y me pide que se la regale. Se la doy entera.
Maletas enormes. La verdad es que si me dijeran que hoy tengo que hacer la maleta con la que abandonaré para siempre mi país no tengo la menor idea de que me llevaría. Tendría que dejar tantas cosas que sólo imaginarlo me angustia.
Se llena un camión. Dos, tres. El número de gente esperando no disminuye. Algunos lloran cuando despiden a sus familiares. Mi jefe me dice que si la lista se termina y todavía tengo espacio en el camión que decida a quién quiero llevar, que trate de fijarme en que el oficio no esté chueco. Que me guíe por mi instinto. El oficial haitiano se ríe cuando le pido que lea la lista una vez más. Siguen apareciendo personas que no habían escuchado su nombre. Siguen apareciendo personas que se quieren meter cuando sus nombres no han sido mencionados. Se termina la lista. Comienzo a ubicar algunos nombres de familiares que me suenan. Dejo pasar a los chavitos que me estuvieron acosando desde el primer minuto en que me paré junto al camión. Una señora se me acerca llorando. Me dice que no trae equipaje pero que por favor la saque de ese lugar. Le digo que no puedo. La señora se pone violenta. Comienza a gritar, bueno, los haitianos hablan gritando, pero estos eran gritos de los feos. La gente se empieza a amontonar alrededor mío. El policía me sube al camión. Despacho con la puerta cerrada, a señas. No veo a ninguno de mis compañeros y no se en que momento me quedé sola. Los escogidos se abren paso a empujones. Todo mundo quiere subir. El chofer comienza a hacerme señas de que le corte. La gente comienza a pegar en el camión. Un señor agarra a patadas la puerta y se sube.
El camión arranca. Se necesita de mucha fuerza para jugar a ser Dios por media hora y no caerse. No puedo evitar preguntarme que me da el privilegio de cambiarle la vida a esta gente, siguiendo mi instinto. No puedo evitar preguntarme a cuántas personas con derecho a subir al camión dejé abajo. Con cuántas personas me habré equivocado, ¿qué es lo que me legitima para decidir quien puede cambiar el caos por una nueva oportunidad de vida?.
Me toca sentarme recargada en un parabrisas estrellado. El chofer maneja a 140 kilómetros por hora. Vengo sola en el camión y si el chofer quisiera tomar una ruta equivocada y secuestrarnos a todos podría hacerlo. Algunos lloran, otros sacan una guitarra y comienzan a cantar, otros rezan, los menos hablan por teléfono. En mi rústico francés pregunto si estamos tomando la ruta larga, "no, vamos por citesoleil", me dice el chofer. Recuerdo que el cónsul nos contó que Citesoleil es el tepito de Puerto Príncipe, que es tan peligroso que ni los cascos azules entran. Me pongo nerviosa, sobre todo cuando el camión se detiene porque hay unos gueyes quemando ropa que nos hacen detenernos. Hablan en creole, no entiendo ni madres, el camión avanza. Estamos a punto de chocar como tres veces. Yo me imagino la escena: el camión choca, el vidrio estrellado se rompe y salgo volando. Como no traigo ni pasaporte, nadie me identifica. Creo que me urge comer algo.
Llegamos al puerto. Ya todos están formados. Algunos ya están en el barco. Los infantes llevan sus maletas. Me pongo a repartir contraseñas, a pasar lista, a contar gente. El idioma es un pedo. Comienzan a aparecer los colados. La gente está nerviosa, muchos -incluyéndome- nunca han navegado. Aparecen nombres que no tenemos en la lista pero si traen oficio de internación. Mi jefe me manda a hablar a México. Entro a la cámara de capitanes y los camareros están viendo un partido del Lazio contra la Roma en la pantalla plana enorme. Me dan un vaso de agua. Me siento y me doy cuenta de que tengo 7 horas sin sentarme. Le marco a mi mamá, me dan ganas de llorar. Marco a la oficina, compruebo nombres. Mi instinto no estuvo tan errado.
La mesa de la cámara de capitanes está puesta "es que el comandante invitó a comer a los directivos de la cementera". Menos mal que no estoy requerida porque estoy cubierta de polvo y todavía tengo que decidir que hacer con los colados. Al final me meten a la comida. Vino tinto y manteles largos. Parece un mundo aparte. Cuando terminamos, me dan la orden de que saque de las instalaciones de la empresa a los colados. Son cinco. Ninguno trae equipaje a excepción del señor que agarró a patadas la puerta de mi camión. Le pregunto por quien lo va a recibir en México. No sabe. Les informo que tienen que bajarse del barco, que no pueden viajar a México. Una de las coladas se tira al piso llorando. Me armo de valor. Las acompaño amablemente hasta la puerta. Mientras camino de regreso al barco, se me salen las lágrimas.
Repito: está cabrón jugar a ser Dios.
18:40, comienza el zafarrancho de zarpaje en la cubierta magistral, con 235 marinos y 250 haitianos a bordo. La única mexicana, yo mera. Debi estudiar francés. El uniforme me aprieta. Me duelen los pies. Nos toman fotos. Mi jefe y los de la Embajada se bajan del barco. Levantan el ancla, suben las escalerillas, meten la rampa, los haitianos aplauden y muchos lloran. Algunos comienzan a cantar algo en francés. El traductor dice que es una canción de despedida. Veo a un gallo caminando entre la multitud, "se lo regalaron unos haitianos al Comandante" me dice uno de los marinos. Habrá que ponerle un nombre.
Estoy tan cansada que ni siquiera me doy cuenta de que el barco se está moviendo. Me esperan largos seis días. Son las 12 de la noche. Acabo de decidir que cada una de las noches que dure esta travesia, voy a escuchar Us de Regina Spektor a todo volúmen.
El cocinero del barco nos preparó unas tortas, también nos empacó unos refrescos. Salimos del barco a las 5:15, ya había amanecido por completo. Me siento rara en uniforme pero -insisto- me gusta traer algo puesto con la bandera de México. Presiento que en este viaje me va a salir lo patriota. Se supone que el H. Cónsul de México en Puerto Príncipe estaría a las 5:30 en la puerta del barco para llevarnos a la ciudad. Nada. A mi jefe se le hace buena idea ir caminando hasta la entrada de la fábrica. Ah claro. Es que ustedes no lo saben pero por supuesto que la infraestructura portuaria del gobierno haitiano es nula y alguien de Cemex sobrevoló la costa durante horas hasta que encontró este muelle, el cual pertenece a la Cimentiere Nationale, que -también, por supuesto- no es haitiana, es colombiana. Caminamos, caminamos, más y más polvo, el cónsul ni sus luces, el clima hace que parezcan las 12 del día, caminamos, sudo sin parar, caminamos. 25 minutos después estamos en la entrada. Nadie llega por nosotros. Nos sentamos a comer torta y tomar coca cola medio caliente. Bebida perfecta para las 6 de la mañana. Los trabajadores entran y nos ven raro. Uno le pregunta al traductor (en el grupo viene un chavo haitiano que hace las veces de traductor) "¿y todos estos blancos que hacen aquí??".
7:21 de la mañana. Se aparece el cónsul, casi dos horas después.
El camino hacia la ciudad me pareció mucho más corto que ayer. A lo mejor porque vengo sentada y no encima de mi jefe y de la palanca de velocidades; a lo mejor porque se me cerraban los ojos y me dormí un poquito hasta que escuché a mi jefe decir "¿Son 354 personas en la lista, verdad Montserrat? Si, si, Juan Ignacio...". Respuesta en automático, ojos abiertos y otra vez el polvo pesado de los escombros. Otra vez el caos en las calles, otra vez la destrucción, los campos de concentración que dan la impresión de no poder admitir a una persona más, océanos de techos de plástico, misas improvisadas en lo que queda de la banqueta. Otra vez Puerto Príncipe.
Llegamos al cine Triomphe y -como me lo imaginaba- hay una multitud de gente alrededor del primero de los camiones. Nos bajamos. Nos dan la instrucción de observar y no intervenir. El primer filtro sería responsabilidad del gobierno haitiano. Hay una cámara de Milenio Televisión. La gente se percata de nuestros uniformes. Se me acercan y me preguntan cosas en francés. Me enseñan sus oficios de internación. Yo trato de ser amable sin intervenir. Mucha gente con maletas enormes. Inquietud. A los funcionarios de migración haitianos les parece que pasar la lista a gritos es el mejor de los métodos. Claro que nadie trae un megáfono. Claro que nadie considera necesario hacer una fila. Claro que nadie cree conveniente dejar un espacio prudente para que las personas que vienen cargando sus maletas puedan pasar y subir al camión. Claro que las personas que están hasta atrás no han de estar oyendo nada. Claro que los que saben que no están en La Lista, me están acosando para que lea sus oficios o les diga que pueden subir. No se en qué momento termino parada junto al tipo de la lista, en la puerta del camión revisando pasaportes. Ni siquiera me doy cuenta de que ya es la 1 de la tarde, de que el sol me está tatemando la cara y que no he tomado agua en no se cuántas horas. Alguien llega y me da una botella de agua. Alguien más llega y me pide que se la regale. Se la doy entera.
Maletas enormes. La verdad es que si me dijeran que hoy tengo que hacer la maleta con la que abandonaré para siempre mi país no tengo la menor idea de que me llevaría. Tendría que dejar tantas cosas que sólo imaginarlo me angustia.
Se llena un camión. Dos, tres. El número de gente esperando no disminuye. Algunos lloran cuando despiden a sus familiares. Mi jefe me dice que si la lista se termina y todavía tengo espacio en el camión que decida a quién quiero llevar, que trate de fijarme en que el oficio no esté chueco. Que me guíe por mi instinto. El oficial haitiano se ríe cuando le pido que lea la lista una vez más. Siguen apareciendo personas que no habían escuchado su nombre. Siguen apareciendo personas que se quieren meter cuando sus nombres no han sido mencionados. Se termina la lista. Comienzo a ubicar algunos nombres de familiares que me suenan. Dejo pasar a los chavitos que me estuvieron acosando desde el primer minuto en que me paré junto al camión. Una señora se me acerca llorando. Me dice que no trae equipaje pero que por favor la saque de ese lugar. Le digo que no puedo. La señora se pone violenta. Comienza a gritar, bueno, los haitianos hablan gritando, pero estos eran gritos de los feos. La gente se empieza a amontonar alrededor mío. El policía me sube al camión. Despacho con la puerta cerrada, a señas. No veo a ninguno de mis compañeros y no se en que momento me quedé sola. Los escogidos se abren paso a empujones. Todo mundo quiere subir. El chofer comienza a hacerme señas de que le corte. La gente comienza a pegar en el camión. Un señor agarra a patadas la puerta y se sube.
El camión arranca. Se necesita de mucha fuerza para jugar a ser Dios por media hora y no caerse. No puedo evitar preguntarme que me da el privilegio de cambiarle la vida a esta gente, siguiendo mi instinto. No puedo evitar preguntarme a cuántas personas con derecho a subir al camión dejé abajo. Con cuántas personas me habré equivocado, ¿qué es lo que me legitima para decidir quien puede cambiar el caos por una nueva oportunidad de vida?.
Me toca sentarme recargada en un parabrisas estrellado. El chofer maneja a 140 kilómetros por hora. Vengo sola en el camión y si el chofer quisiera tomar una ruta equivocada y secuestrarnos a todos podría hacerlo. Algunos lloran, otros sacan una guitarra y comienzan a cantar, otros rezan, los menos hablan por teléfono. En mi rústico francés pregunto si estamos tomando la ruta larga, "no, vamos por citesoleil", me dice el chofer. Recuerdo que el cónsul nos contó que Citesoleil es el tepito de Puerto Príncipe, que es tan peligroso que ni los cascos azules entran. Me pongo nerviosa, sobre todo cuando el camión se detiene porque hay unos gueyes quemando ropa que nos hacen detenernos. Hablan en creole, no entiendo ni madres, el camión avanza. Estamos a punto de chocar como tres veces. Yo me imagino la escena: el camión choca, el vidrio estrellado se rompe y salgo volando. Como no traigo ni pasaporte, nadie me identifica. Creo que me urge comer algo.
Llegamos al puerto. Ya todos están formados. Algunos ya están en el barco. Los infantes llevan sus maletas. Me pongo a repartir contraseñas, a pasar lista, a contar gente. El idioma es un pedo. Comienzan a aparecer los colados. La gente está nerviosa, muchos -incluyéndome- nunca han navegado. Aparecen nombres que no tenemos en la lista pero si traen oficio de internación. Mi jefe me manda a hablar a México. Entro a la cámara de capitanes y los camareros están viendo un partido del Lazio contra la Roma en la pantalla plana enorme. Me dan un vaso de agua. Me siento y me doy cuenta de que tengo 7 horas sin sentarme. Le marco a mi mamá, me dan ganas de llorar. Marco a la oficina, compruebo nombres. Mi instinto no estuvo tan errado.
La mesa de la cámara de capitanes está puesta "es que el comandante invitó a comer a los directivos de la cementera". Menos mal que no estoy requerida porque estoy cubierta de polvo y todavía tengo que decidir que hacer con los colados. Al final me meten a la comida. Vino tinto y manteles largos. Parece un mundo aparte. Cuando terminamos, me dan la orden de que saque de las instalaciones de la empresa a los colados. Son cinco. Ninguno trae equipaje a excepción del señor que agarró a patadas la puerta de mi camión. Le pregunto por quien lo va a recibir en México. No sabe. Les informo que tienen que bajarse del barco, que no pueden viajar a México. Una de las coladas se tira al piso llorando. Me armo de valor. Las acompaño amablemente hasta la puerta. Mientras camino de regreso al barco, se me salen las lágrimas.
Repito: está cabrón jugar a ser Dios.
18:40, comienza el zafarrancho de zarpaje en la cubierta magistral, con 235 marinos y 250 haitianos a bordo. La única mexicana, yo mera. Debi estudiar francés. El uniforme me aprieta. Me duelen los pies. Nos toman fotos. Mi jefe y los de la Embajada se bajan del barco. Levantan el ancla, suben las escalerillas, meten la rampa, los haitianos aplauden y muchos lloran. Algunos comienzan a cantar algo en francés. El traductor dice que es una canción de despedida. Veo a un gallo caminando entre la multitud, "se lo regalaron unos haitianos al Comandante" me dice uno de los marinos. Habrá que ponerle un nombre.
Estoy tan cansada que ni siquiera me doy cuenta de que el barco se está moviendo. Me esperan largos seis días. Son las 12 de la noche. Acabo de decidir que cada una de las noches que dure esta travesia, voy a escuchar Us de Regina Spektor a todo volúmen.
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viernes, 30 de abril de 2010
domingo 18
El 18 de abril es un día que por el que transito a empujones, desde hace 16 años. Creo que mi papá estaría orgulloso de mi. El despertador sonó 4 veces y a las 5:30 por fin logré abrir los ojos, un poco a madrazos. Eso de dormir dos horas no está chido. Me bañé en chinga, me vestí como pude. Iba tardísimo. El taxista es un igualadazo, y si lo digo no es porque los taxistas tengan que guardarme cierto respeto. No. Lo digo porque voy al aeropuerto, la tarifa es de 170 pesos y el señor se encabrona porque le voy a pagar con un billete de 200. No entiendo, si desde el principio sabía que iba al aeropuerto y que es poco probable que pague con el dinero exacto, porque externa su enojo. Suena el teléfono y es mi jefe. El taxista se mueve lento. "Es mi jefe" le digo, como con ganas de que así se apure. "Ah, pues porque no le pides que te de cambio para que me pagues" (wtf!?!!?) Si quiere le digo también que pase al Starbucks y nos compre un café, total, solamente es mi jefe. Jetas. Escarbé en mi bolsa y encontré el puto cambio. Oh sorpresa cuando llego y mi jefe no está "es que se le olvidó el pasaporte y se regresó a su casa", me dice alguien. Parece chiste. Me documento, intentamos apalabrarnos a la supervisora de la sala de Aeroméxico para que nos de el pase de abordar del jefe sin el pasaporte, digo, para eso trabajamos donde trabajamos. La señorita del mostrador nos manda a volar. 7 de la mañana y el jefe sigue sin encontrar su pasaporte. Me meto al Wings y pido los peores hot cakes de la ciudad de México, medio me los como. Llega mi jefe, todos corremos, obvio ni pensar en pasar por el duty free. La sala de espera está llena de señoras en la onda Desperate Housewive hablando a todo volumen, presiento que se van a subir en mi avión y que van a Miami al mismo "ji ji ji jo jo jo" al que fue la mamá de la pobre niña Paulette. Entro al avión. El 50% son viejitos gritones -pero muy gritones- el otro 45% son señoras/gueyes fresas que creen que por sentarse en la primera fila de la clase turista también están en primera clase.
Putamadremetocósentarmeenelasientodeenmedio.
De un lado tengo a una viejita. Del otro a una de las ñoras del ji ji ji jo jo jo. No me voy a poder dormir. La señora, al parecer, viene con una amiga. La viejita viene con su esposo, que está del otro lado del pasillo. La amiga también pero las separa toda la fila "Maiteee, Maiteee, osea, no te duermas Maiteeee, Maiteee, tu crees que en el cruceroooo nos toque buen clima, ay, osea Nenaaaaa no entiendooo porque no nos sentarooon juuuntaaas". Así, de un lado al otro. Y yo con mis ojitos cerrados intentando dormirme un ratito. "Neeeenaaaa, ¿ya viste el hoteeeel que viene en la revistaaaa???" Después, en la fila de adelante Toño Mauri haciendo "negocios" con su compañero de asiento... si, licenciado, es que tenemos varios negocios en Miami, ya sabe, por Biscayne y por Avntura porque Lincoln Road ya no es el de antes. A ese Toño Mauri me lo topo hasta en la sopa, la última vez que lo vi fue en un Angus (no me pregunten que hacía yo en un Angus) con una amable mesera sentada en las piernas. Quien lo viera ahora hablando como empresario. Todos hablan. Todos tienen algo que decir. Me quiero dormir. Señoraaaaa, y usted ¿a qué va a Miami?? Ay mija voy a tomar un crucero a Europa, ¿y tu? Ay señoraaaa, yo también voy a tomaaar un crucero pero por el Caribeeee, es un barcoooo spaaa que diceeen que es lo máaaximo, verdad Maiteeee??? Y Maite contesta desde lejos. ¿Y tu? ¿A qué crucero vas mi reina???? No, yo no voy a un crucero, voy a Haití.
¿A HAITÍ?????? ¿ESTÁS LOCA?????? No. Voy a trabajar.
Corte a: no me pude dormir ni cinco minutos.
Y así. Curiosamente, todo el avión platicaba entre si y todas las pláticas tenían un crucero o un departamento recién comprado involucrado. Al parecer, los únicos locos que no íbamos ni a amueblar nuestra casa ni a recorrer el Mediterraneo éramos nosotros.
Llegué a Miami. La escala fue de terror. No están ustedes para saberlo pero el guey que se encarga de los temas administrativos en la oficina es el clásico burócrata al que todo le parece verdaderamente complicado (oye Trueba, necesito un uniforme, uuuuy nooooombre, nunca te van a dar el uniforme, pero pídelo, igual y te lo dan, y si te lo dan se van a tardar una eternidad en entregártelo. Yo solita conseguí el uniforme completo en una hora) y se le hizo una gran idea comprar nuestros boletos en vuelos con una hora de diferencia en los que, además, teníamos que bajar las maletas y volverlas a documentar. Con todo y que los amables señores del DHS nos estaban esperando en la entrada del avión para evitarnos la interminable fila de migración, tuve que correr con mi backpack por todo el aeropuerto y rogarle al de American que me diera chance de meter mi mochila al avión. Y luego a pasar el filtro ese de los zapatos. No entiendo a las chicas piensan que está chido ponerse unas sandalias de esas con un millón de tiras para subirse en un avión, es una groseria para aquellos que -como yo- traemos siempre prisa porque siempre nos está dejando el avión. Y llegan al filtro. Y se desabrochan cada una de las tiras. Y pasan por el filtro. Y les suena la alarma. Miss, once again and please take off your earrings and bracelets... pero como quieres tu que yo me quite los aretes. Gritos cubanos. Y yo con mis tenis en la mano, viendo como me van a cerrar la puerta del 767 en la cara. Logramos pasar. Logramos llegar con tiempo a la sala. Logré tener tiempo para hacer pipi. Oh sorpresa cuando salgo del baño y me doy cuenta de que no traigo sleeping. Regreso al baño. Nada. Busco a uno de mis compañeritos. Nada. Voy a dormir en el piso y no traigo sleeping. Recorre ocho salas de espera en dos minutos con la peor condición física de la historia. Ahí estaba mi pobre sleeping abandonado en la mesa del filtro. Pinches aeropuertos gringos, te hacen quitarte los zapatos para que no vayas a meter un cuchillo y matar al piloto pero ni se inmutan de que haya un sleeping bag abandonado por 15 minutos. A correr de regreso. Me choca correr y siempre tengo que correr en los aeropuertos.
Cuando nos subimos al avión fue cuando nos dimos cuenta de que íbamos a un lugar muy especial. A diferencia del vuelo de Miami, este avión en vez de estar lleno de señoras que no saben en que gastarse su dinero estaba lleno de voluntarios. A kilómetros de distancia se les nota: religiosas, doctores, sacerdotes, militares, ingenieros. Pequeña sucursal de la ONU en donde todos hablamos diferentes idiomas. El puto avión se movió sin parar y yo aterrada. En el asiento de adelante venía una mexicana, cirujana plástica de una fundación gringa, con sede en Dallas. Me contó que era su sexto viaje a Puerto Príncipe y que su primer viaje fue dos días después del terremoto. Que su especialidad es la cirugía reconstructiva pero que durante esa semana se la pasó amputando miembros y haciéndola de todólogo, operando en las peores condiciones imaginables. Me dice que las cosas han mejorado en Puerto Príncipe. Que ya se consigue gasolina, que ya no huele tanto a muerto y que la gente ya está más acomodada en los campamentos. Que si uno va a Petionville puede comer en un restaurante caro y que ya no hay tantos militares en la calle. Que por lo menos ya pudieron rentar una casa pero que el gobierno y los dueños del hospital le empezaron a cobrar a los pacientes por entrar y que se tuvieron que mudar a un hospital en el que no le cobran a los pacientes y pueden seguir con el trabajo voluntario. Que ya no hay tanto polvo.
Llegamos a Puerto Príncipe. El tobogán para bajar del avión hace que uno crea que está en un aeropuerto cualquiera. Unas cuantas grietas y uno que otro avión militar de los Estados Unidos. Todavía cuando llegas a Migración crees que estás en el aeropuerto de un lugar caluroso un poco desordenado, una gran bodega y cinco soldados de la Guardia Civil Española amontonando maletas en el piso. Hasta carritos hay. Nos recibe el cónsul mexicano. Mientras caminamos a las puertas nos dice "ahorita que salgamos NO hablen con nadie, NO le hagan caso a nadie y NO dejen que nadie agarre sus mochilas, se suben directo a la camioneta azul con el letrero de SRE". Ay, que exagerado. Se abren las puertas e inmediatamente te das cuenta de que algo está mal y que no es una exageración. La gente te jala la mochila.
En Puerto Príncipe todo es polvo. Polvo y escombros con un olor muy pesado y extraño. Huele a muerte. El cónsul nos llevó a ver el lugar que escogió el gobierno haitiano para el operativo del día siguiente, el campo marte, dijo. El campo marte, por supuesto, es en la entrada de un cine a medio derrumbe. El cine Triomphe. Conforme íba avanzando la camioneta, aumentaba la gente viviendo en las calles y el polvo. Uno creería que la definición "tierra de nadie" sólo existe en las películas o en los libros. Mentira: existe Puerto Príncipe. No hay semáforos. No hay sentido en las calles. No hay banquetas. No hay instituciones. No hay casas. No hay tiendas. No (casi) no hay policía. No hay alumbrado público. No hay sociedad civil. Sólo hay ruinas, escombros, techos azules de tiendas de campaña y gente en la calle. La calle lo mismo es baño que comedor que centro comercial que cancha de fútbol que dormitorio comunal. Y se respira un ambiente de violencia mezclado con desesperación. Los ojos se te llenan de polvo, luego se te llenan de lágrimas los ojos y terminas llorando lágrimas enlodadas.
Me trate de imaginar el lugar más pobre al que he ido. El más necesitado. Sigue siendo un buen lugar comparado con lo que esta gente tiene que vivir.
No tengo palabras para describir lo que estuve viendo.
Me cuesta trabajo entender que, después de una tragedia de ese tamaño, los haitianos le vendan la ayuda humanitaria a los mismos haitianos. Me cuesta trabajo entenderlo, pero, cuando el hambre es la prioridad, la solidaridad pasa a un segundo plano. Es increíble que exista tanta injusticia social y hasta natural: no conforme con ser el país más pobre del mundo, llega un terremoto que destruye el 80% de la ciudad.
En el medio de todo este caos, me encuentro con una cancha de fútbol en donde se juegan cuatro partidos simultáneos. Se detiene la camioneta y, mientras de un lado alguien le pega al coche porque el cónsul se niega a darle dinero, del otro lado alguien más festeja y se abraza con el resto de su equipo como si se tratase del gol con el que se gana el Mundial.
Bendito fútbol.
Llegué al puerto como a las 5 de la tarde y ya era de noche. El buque Usumacinta es otra cosa. Nos sirvieron de comer en la cámara de capitanes. Nos instalaron en nuestros camarotes. Nos dieron un tour por el barco. Pero estoy tan en shock por todo lo que acabo de ver que ni siquiera me di cuenta de que me dieron de comer. No puedo pensar en otra cosa más que en la cantidad de escombros y los niños durmiendo en plena calle. Los ojos de la gente llenos de rabia.
El mundo lleno de contradicciones que suenan a injusticia: en la mañana gueyes quejándose porque entregaron tarde la sala de su departamento en Miami y en la tarde gueyes rogándote que les des un dólar para comprar algo de comer. Que impotencia y que coraje.
Me gustaría poder escribir con más exactitud todo lo que he visto pero siento que cualquier cosa que escriba va a leerse horrible. Y eso no es lo que quiero transmitir.
Es la 1 de la mañana y en 4 horas tengo que estar bañada y vestida para ir a recoger a los haitianos que llevaremos a México. No me puedo dormir.
Putamadremetocósentarmeenelasientodeenmedio.
De un lado tengo a una viejita. Del otro a una de las ñoras del ji ji ji jo jo jo. No me voy a poder dormir. La señora, al parecer, viene con una amiga. La viejita viene con su esposo, que está del otro lado del pasillo. La amiga también pero las separa toda la fila "Maiteee, Maiteee, osea, no te duermas Maiteeee, Maiteee, tu crees que en el cruceroooo nos toque buen clima, ay, osea Nenaaaaa no entiendooo porque no nos sentarooon juuuntaaas". Así, de un lado al otro. Y yo con mis ojitos cerrados intentando dormirme un ratito. "Neeeenaaaa, ¿ya viste el hoteeeel que viene en la revistaaaa???" Después, en la fila de adelante Toño Mauri haciendo "negocios" con su compañero de asiento... si, licenciado, es que tenemos varios negocios en Miami, ya sabe, por Biscayne y por Avntura porque Lincoln Road ya no es el de antes. A ese Toño Mauri me lo topo hasta en la sopa, la última vez que lo vi fue en un Angus (no me pregunten que hacía yo en un Angus) con una amable mesera sentada en las piernas. Quien lo viera ahora hablando como empresario. Todos hablan. Todos tienen algo que decir. Me quiero dormir. Señoraaaaa, y usted ¿a qué va a Miami?? Ay mija voy a tomar un crucero a Europa, ¿y tu? Ay señoraaaa, yo también voy a tomaaar un crucero pero por el Caribeeee, es un barcoooo spaaa que diceeen que es lo máaaximo, verdad Maiteeee??? Y Maite contesta desde lejos. ¿Y tu? ¿A qué crucero vas mi reina???? No, yo no voy a un crucero, voy a Haití.
¿A HAITÍ?????? ¿ESTÁS LOCA?????? No. Voy a trabajar.
Corte a: no me pude dormir ni cinco minutos.
Y así. Curiosamente, todo el avión platicaba entre si y todas las pláticas tenían un crucero o un departamento recién comprado involucrado. Al parecer, los únicos locos que no íbamos ni a amueblar nuestra casa ni a recorrer el Mediterraneo éramos nosotros.
Llegué a Miami. La escala fue de terror. No están ustedes para saberlo pero el guey que se encarga de los temas administrativos en la oficina es el clásico burócrata al que todo le parece verdaderamente complicado (oye Trueba, necesito un uniforme, uuuuy nooooombre, nunca te van a dar el uniforme, pero pídelo, igual y te lo dan, y si te lo dan se van a tardar una eternidad en entregártelo. Yo solita conseguí el uniforme completo en una hora) y se le hizo una gran idea comprar nuestros boletos en vuelos con una hora de diferencia en los que, además, teníamos que bajar las maletas y volverlas a documentar. Con todo y que los amables señores del DHS nos estaban esperando en la entrada del avión para evitarnos la interminable fila de migración, tuve que correr con mi backpack por todo el aeropuerto y rogarle al de American que me diera chance de meter mi mochila al avión. Y luego a pasar el filtro ese de los zapatos. No entiendo a las chicas piensan que está chido ponerse unas sandalias de esas con un millón de tiras para subirse en un avión, es una groseria para aquellos que -como yo- traemos siempre prisa porque siempre nos está dejando el avión. Y llegan al filtro. Y se desabrochan cada una de las tiras. Y pasan por el filtro. Y les suena la alarma. Miss, once again and please take off your earrings and bracelets... pero como quieres tu que yo me quite los aretes. Gritos cubanos. Y yo con mis tenis en la mano, viendo como me van a cerrar la puerta del 767 en la cara. Logramos pasar. Logramos llegar con tiempo a la sala. Logré tener tiempo para hacer pipi. Oh sorpresa cuando salgo del baño y me doy cuenta de que no traigo sleeping. Regreso al baño. Nada. Busco a uno de mis compañeritos. Nada. Voy a dormir en el piso y no traigo sleeping. Recorre ocho salas de espera en dos minutos con la peor condición física de la historia. Ahí estaba mi pobre sleeping abandonado en la mesa del filtro. Pinches aeropuertos gringos, te hacen quitarte los zapatos para que no vayas a meter un cuchillo y matar al piloto pero ni se inmutan de que haya un sleeping bag abandonado por 15 minutos. A correr de regreso. Me choca correr y siempre tengo que correr en los aeropuertos.
Cuando nos subimos al avión fue cuando nos dimos cuenta de que íbamos a un lugar muy especial. A diferencia del vuelo de Miami, este avión en vez de estar lleno de señoras que no saben en que gastarse su dinero estaba lleno de voluntarios. A kilómetros de distancia se les nota: religiosas, doctores, sacerdotes, militares, ingenieros. Pequeña sucursal de la ONU en donde todos hablamos diferentes idiomas. El puto avión se movió sin parar y yo aterrada. En el asiento de adelante venía una mexicana, cirujana plástica de una fundación gringa, con sede en Dallas. Me contó que era su sexto viaje a Puerto Príncipe y que su primer viaje fue dos días después del terremoto. Que su especialidad es la cirugía reconstructiva pero que durante esa semana se la pasó amputando miembros y haciéndola de todólogo, operando en las peores condiciones imaginables. Me dice que las cosas han mejorado en Puerto Príncipe. Que ya se consigue gasolina, que ya no huele tanto a muerto y que la gente ya está más acomodada en los campamentos. Que si uno va a Petionville puede comer en un restaurante caro y que ya no hay tantos militares en la calle. Que por lo menos ya pudieron rentar una casa pero que el gobierno y los dueños del hospital le empezaron a cobrar a los pacientes por entrar y que se tuvieron que mudar a un hospital en el que no le cobran a los pacientes y pueden seguir con el trabajo voluntario. Que ya no hay tanto polvo.
Llegamos a Puerto Príncipe. El tobogán para bajar del avión hace que uno crea que está en un aeropuerto cualquiera. Unas cuantas grietas y uno que otro avión militar de los Estados Unidos. Todavía cuando llegas a Migración crees que estás en el aeropuerto de un lugar caluroso un poco desordenado, una gran bodega y cinco soldados de la Guardia Civil Española amontonando maletas en el piso. Hasta carritos hay. Nos recibe el cónsul mexicano. Mientras caminamos a las puertas nos dice "ahorita que salgamos NO hablen con nadie, NO le hagan caso a nadie y NO dejen que nadie agarre sus mochilas, se suben directo a la camioneta azul con el letrero de SRE". Ay, que exagerado. Se abren las puertas e inmediatamente te das cuenta de que algo está mal y que no es una exageración. La gente te jala la mochila.
En Puerto Príncipe todo es polvo. Polvo y escombros con un olor muy pesado y extraño. Huele a muerte. El cónsul nos llevó a ver el lugar que escogió el gobierno haitiano para el operativo del día siguiente, el campo marte, dijo. El campo marte, por supuesto, es en la entrada de un cine a medio derrumbe. El cine Triomphe. Conforme íba avanzando la camioneta, aumentaba la gente viviendo en las calles y el polvo. Uno creería que la definición "tierra de nadie" sólo existe en las películas o en los libros. Mentira: existe Puerto Príncipe. No hay semáforos. No hay sentido en las calles. No hay banquetas. No hay instituciones. No hay casas. No hay tiendas. No (casi) no hay policía. No hay alumbrado público. No hay sociedad civil. Sólo hay ruinas, escombros, techos azules de tiendas de campaña y gente en la calle. La calle lo mismo es baño que comedor que centro comercial que cancha de fútbol que dormitorio comunal. Y se respira un ambiente de violencia mezclado con desesperación. Los ojos se te llenan de polvo, luego se te llenan de lágrimas los ojos y terminas llorando lágrimas enlodadas.
Me trate de imaginar el lugar más pobre al que he ido. El más necesitado. Sigue siendo un buen lugar comparado con lo que esta gente tiene que vivir.
No tengo palabras para describir lo que estuve viendo.
Me cuesta trabajo entender que, después de una tragedia de ese tamaño, los haitianos le vendan la ayuda humanitaria a los mismos haitianos. Me cuesta trabajo entenderlo, pero, cuando el hambre es la prioridad, la solidaridad pasa a un segundo plano. Es increíble que exista tanta injusticia social y hasta natural: no conforme con ser el país más pobre del mundo, llega un terremoto que destruye el 80% de la ciudad.
En el medio de todo este caos, me encuentro con una cancha de fútbol en donde se juegan cuatro partidos simultáneos. Se detiene la camioneta y, mientras de un lado alguien le pega al coche porque el cónsul se niega a darle dinero, del otro lado alguien más festeja y se abraza con el resto de su equipo como si se tratase del gol con el que se gana el Mundial.
Bendito fútbol.
Llegué al puerto como a las 5 de la tarde y ya era de noche. El buque Usumacinta es otra cosa. Nos sirvieron de comer en la cámara de capitanes. Nos instalaron en nuestros camarotes. Nos dieron un tour por el barco. Pero estoy tan en shock por todo lo que acabo de ver que ni siquiera me di cuenta de que me dieron de comer. No puedo pensar en otra cosa más que en la cantidad de escombros y los niños durmiendo en plena calle. Los ojos de la gente llenos de rabia.
El mundo lleno de contradicciones que suenan a injusticia: en la mañana gueyes quejándose porque entregaron tarde la sala de su departamento en Miami y en la tarde gueyes rogándote que les des un dólar para comprar algo de comer. Que impotencia y que coraje.
Me gustaría poder escribir con más exactitud todo lo que he visto pero siento que cualquier cosa que escriba va a leerse horrible. Y eso no es lo que quiero transmitir.
Es la 1 de la mañana y en 4 horas tengo que estar bañada y vestida para ir a recoger a los haitianos que llevaremos a México. No me puedo dormir.
jueves, 29 de abril de 2010
viernes 16 y sábado 17
Viernes 16: Me desperté a las 7 am, tuve tanto trabajo que no pude ni comer. Eran las 9 de la noche y yo seguía poniéndole sellos a las contraseñas de los haitianos. Por supuesto que no he ni empezado a empacar. Como tenía una cena con mis primos, salí corriendo con todo y el sello institucional. No puse nada de atención en la cena, sólo estaba pensando en lo que me esperaba en Haití. Me tocó meter el pastel azteca al horno y lo saqué antes de tiempo. Me tomé un whisky y me empecé a marear. Regresé al mundo cuando me bajaron el Whatsapp y vi que B estaba en mis contactos. Por supuesto que ni siquiera lo saludé, soy una ranchera. Me choca que B se haya enojado conmigo. B es un guapo. Me dormí hasta las 3:30. Odio la copiadora de mi oficina.
Sabado 17: Mis intenciones de de despertarme tarde fueron interrumpidas brutalmente a las 8:15 de la mañana por culpa de un puto valet parking que se colgó del timbre para que bajáramos a mover un coche. Juro que un día voy a enloquecer y voy a matar a cubetazos a todos los dueños de las calles en la Condesa. Fue un día de locos. Me pasé toda la mañana buscando unos pantalones azules en el centro, es dificilísimo encontrar unos y de mi talla. Me probé como 16 sin éxito. Obvio que me la pelé con la boda de la cuñada de Gaby, ni en mis sueños me iba a dar tiempo de llegar hasta Quinta Rubelinas, regresar y entregar todo el trámite de Acreditación de Requisitos para obtener una Calidad y Característica Migratoria, hasta el nombre es largo, oish. Fui al Costco. Fui al super. Fui otra vez al Costco. 4 de la tarde y yo sigo sin pantalones azules y sin empezar con la cantidad infernal de trabajo que tengo que dejar listo. Llegué a un Martí y milagrosamente conseguí unos pantalones que me quedaron y que no son de lana. Empaqué, se fue la luz a la mitad y no veía nada, me puse a llorar de nervios. Empecé a trabajar a las 10 de la noche. No se enrollar sleeping bags y la mitad de los cierres del backpack estan rotos. Al final me llevé los converse negros que me regaló ya saben quien la navidad pasada, también me llevé los reebok y aborté las botas. Si llueve me mojaré los pies, ni pedo. Voy cargando con siete madejas de estambre, dos cajas de las barritas esas stila por si me muero de hambre, unas sabanas y una almohada. Llevo 5 libros. Soy una exagerada. Son las 3:15 de la mañana y apenas me voy a dormir. Estoy nerviosa.
Sabado 17: Mis intenciones de de despertarme tarde fueron interrumpidas brutalmente a las 8:15 de la mañana por culpa de un puto valet parking que se colgó del timbre para que bajáramos a mover un coche. Juro que un día voy a enloquecer y voy a matar a cubetazos a todos los dueños de las calles en la Condesa. Fue un día de locos. Me pasé toda la mañana buscando unos pantalones azules en el centro, es dificilísimo encontrar unos y de mi talla. Me probé como 16 sin éxito. Obvio que me la pelé con la boda de la cuñada de Gaby, ni en mis sueños me iba a dar tiempo de llegar hasta Quinta Rubelinas, regresar y entregar todo el trámite de Acreditación de Requisitos para obtener una Calidad y Característica Migratoria, hasta el nombre es largo, oish. Fui al Costco. Fui al super. Fui otra vez al Costco. 4 de la tarde y yo sigo sin pantalones azules y sin empezar con la cantidad infernal de trabajo que tengo que dejar listo. Llegué a un Martí y milagrosamente conseguí unos pantalones que me quedaron y que no son de lana. Empaqué, se fue la luz a la mitad y no veía nada, me puse a llorar de nervios. Empecé a trabajar a las 10 de la noche. No se enrollar sleeping bags y la mitad de los cierres del backpack estan rotos. Al final me llevé los converse negros que me regaló ya saben quien la navidad pasada, también me llevé los reebok y aborté las botas. Si llueve me mojaré los pies, ni pedo. Voy cargando con siete madejas de estambre, dos cajas de las barritas esas stila por si me muero de hambre, unas sabanas y una almohada. Llevo 5 libros. Soy una exagerada. Son las 3:15 de la mañana y apenas me voy a dormir. Estoy nerviosa.
sábado, 24 de abril de 2010
fondeo
Dícese de cuando una embarcación tira el ancla en una zona determinada -la zona de fondeo- cercana a un puerto, generalmente a unas 10 millas naúticas. Los motivos por los cuales una embarcación se fondea son diversos: saturación en los muelles, retraso en la programación del puerto, cierre de la navegación, mal clima o simples instrucciones. El comandante ordena fondeo y el barco se detiene tan de repente que es inevitable marearse, sobre todo después de que llevas cinco días navegando casi a 15 nudos.
La navegación como metáfora de vida: uno viene en chinga y de repente, por una razón u otra, se detiene. Cuando te detienes te mareas tanto que te quieres tirar a la cubierta a llorar pero no lo haces, te agarras del barandal, te pega la brisa en la cara y, después de unos minutos -u horas- tu cuerpo se acostumbra y regresa la calma. Te fondeas en espera de instrucciones para continuar.
Los marinos no tienen prisa alguna. Es real que en el mar el tiempo transcurre de manera distinta. Los marinos le tienen miedo a muy pocas cosas. Son admirables. Viene el norte y ellos como si nada, preparándose para recibir a el caos. Son como una gran familia.
Asi llevamos día y medio: fondeados en medio de la nada.
Tengo muchas cosas que escribir. Demasiadas. Pero todo ha sido tan nuevo, tan diferente y tan fuerte que no me quedó de otra más que vivirlo al máximo y dejar las reseñas para después. Como dice mi comandante: "hay que vivir todo Guera, todo, todo, porque al ratito uuy, ya te moriste y ahí anduviste, en la pendeja". Metí mi blackberry en el fondo del backpack y lo acabo de recuperar. Estoy pensando seriamente de deshacerme de él por una temporada.
Anticipo algo: pocas veces mi felicidad -y mi satisfacción- había sido tan pura y legítima como lo es en este preciso instante.
Ya va a comenzar mi clase de estrellas. Regreso. Pronto.
La navegación como metáfora de vida: uno viene en chinga y de repente, por una razón u otra, se detiene. Cuando te detienes te mareas tanto que te quieres tirar a la cubierta a llorar pero no lo haces, te agarras del barandal, te pega la brisa en la cara y, después de unos minutos -u horas- tu cuerpo se acostumbra y regresa la calma. Te fondeas en espera de instrucciones para continuar.
Los marinos no tienen prisa alguna. Es real que en el mar el tiempo transcurre de manera distinta. Los marinos le tienen miedo a muy pocas cosas. Son admirables. Viene el norte y ellos como si nada, preparándose para recibir a el caos. Son como una gran familia.
Asi llevamos día y medio: fondeados en medio de la nada.
Tengo muchas cosas que escribir. Demasiadas. Pero todo ha sido tan nuevo, tan diferente y tan fuerte que no me quedó de otra más que vivirlo al máximo y dejar las reseñas para después. Como dice mi comandante: "hay que vivir todo Guera, todo, todo, porque al ratito uuy, ya te moriste y ahí anduviste, en la pendeja". Metí mi blackberry en el fondo del backpack y lo acabo de recuperar. Estoy pensando seriamente de deshacerme de él por una temporada.
Anticipo algo: pocas veces mi felicidad -y mi satisfacción- había sido tan pura y legítima como lo es en este preciso instante.
Ya va a comenzar mi clase de estrellas. Regreso. Pronto.
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en el mar la vida es más sabrosa,
Haití,
perdida en un barco
jueves, 15 de abril de 2010
T-2
Hace rato me dejaron un comentario que dice que hablo de Haití como si me fuera de vacaciones y ojalá no me fuera a decepcionar con tanto muertito en la calle. Dicho comentario me hizo pensar en que no he explicado bien, bien de que se trata este viaje a Haití.
Después me llegó por mail una nota del Reforma en la que el director de una ONG llamada Sin Fronteras se queja amargamente de los escasos esfuerzos del H. Gobierno Federal para ayudar a los haitianos y recibirlos en este país, entre otras cosas. Dicha nota me hizo pensar en la irresponsabilidad de algunos medios mexicanos porque hubiera sido bueno que confirmaran las cifras antes de echarnos tierra.
¿Que a qué voy a Haití?
Hace como un mes, cuando andaba en los trámites de la visa, mi jefe me dijo medio en broma que me apurara con la visa porque me iba a mandar a Haití. Creo que no se esperaba que mi respuesta fuera "¿Me vas a mandar a Haití???? QUÉ EMOCIÓN". Y en esas he estado desde entonces, trabajando a marchas forzadas.
Por supuesto que no pienso que me voy a ir de vacaciones. El nombre correcto de lo que voy a hacer sería "Evacuación de haitianos por razones humanitarias".
La primera vez que conté en este espacio de mi viaje a Haití, dije que estaba muy emocionada por miles de razones. Para evitar confusiones, enumeraré algunas: lo que me da emoción es poder presenciar con mis propios ojos una tragedia de tal magnitud y poderlo describir con mis palabras. Me da emoción formar parte de una delegación cuyo único objetivo es concretar la oportunidad que tienen 360 personas de mejorar su calidad de vida, de comenzar de nuevo en un país distinto, de complementar con su cultura a la nuestra. Me da emoción poder ayudar a quien lo necesita. Me da emoción, mucha, poder representar a mi país.
Por supuesto que estoy conciente de que me espera algo horrible. Estoy conciente de que no es un viaje de placer. Pero estoy segura de que esas cosas me harán valorar mi realidad y dimensionar mi vida desde otra perspectiva. De paso -como dijo Iñaki- podré poner en números negros mi saldo con la policía del karma.
El martes me probé otra vez el uniforme que me voy a llevar. Los pantalones azulez son es-pan-to-sos, la tela es dura, quema, el corte menos favorecedor de la historia de los cortes; los otros pantalones cargo hacen que parezca como un globo de cantoya mal fabricado. No tengo zapatos adecuados para llevarme, voy a terminar yendo con mis converse y me van a doler los pies todas las noches. Pero cuando me puse la camisa y vi que en la manga traía la bandera de México se me puso la piel chinita. No lo puedo evitar.
Espero, de verdad, poder documentar todos y cada uno de los días que dura mi comisión. Poder contarles como está el pedo allá, como es que la gente sobrevive, si el piso de la Embajada está tan duro como soñé anoche o si la comida que sirven en las oficinas de la ONU está buena, ya saben, las pendejadas de las que suelo escribir. Espero poder contarles en tiempo real cómo es la vida en un buque de guerra lleno de marinos. Espero poder contarles -aunque sea a mi regreso- la cara que pondrán los niños haitianos cuando se reunan con sus padres.
También espero no vomitar toda la cubierta del Usumacinta.
Insisto, estoy nerviosa.
Después me llegó por mail una nota del Reforma en la que el director de una ONG llamada Sin Fronteras se queja amargamente de los escasos esfuerzos del H. Gobierno Federal para ayudar a los haitianos y recibirlos en este país, entre otras cosas. Dicha nota me hizo pensar en la irresponsabilidad de algunos medios mexicanos porque hubiera sido bueno que confirmaran las cifras antes de echarnos tierra.
¿Que a qué voy a Haití?
Hace como un mes, cuando andaba en los trámites de la visa, mi jefe me dijo medio en broma que me apurara con la visa porque me iba a mandar a Haití. Creo que no se esperaba que mi respuesta fuera "¿Me vas a mandar a Haití???? QUÉ EMOCIÓN". Y en esas he estado desde entonces, trabajando a marchas forzadas.
Por supuesto que no pienso que me voy a ir de vacaciones. El nombre correcto de lo que voy a hacer sería "Evacuación de haitianos por razones humanitarias".
La primera vez que conté en este espacio de mi viaje a Haití, dije que estaba muy emocionada por miles de razones. Para evitar confusiones, enumeraré algunas: lo que me da emoción es poder presenciar con mis propios ojos una tragedia de tal magnitud y poderlo describir con mis palabras. Me da emoción formar parte de una delegación cuyo único objetivo es concretar la oportunidad que tienen 360 personas de mejorar su calidad de vida, de comenzar de nuevo en un país distinto, de complementar con su cultura a la nuestra. Me da emoción poder ayudar a quien lo necesita. Me da emoción, mucha, poder representar a mi país.
Por supuesto que estoy conciente de que me espera algo horrible. Estoy conciente de que no es un viaje de placer. Pero estoy segura de que esas cosas me harán valorar mi realidad y dimensionar mi vida desde otra perspectiva. De paso -como dijo Iñaki- podré poner en números negros mi saldo con la policía del karma.
El martes me probé otra vez el uniforme que me voy a llevar. Los pantalones azulez son es-pan-to-sos, la tela es dura, quema, el corte menos favorecedor de la historia de los cortes; los otros pantalones cargo hacen que parezca como un globo de cantoya mal fabricado. No tengo zapatos adecuados para llevarme, voy a terminar yendo con mis converse y me van a doler los pies todas las noches. Pero cuando me puse la camisa y vi que en la manga traía la bandera de México se me puso la piel chinita. No lo puedo evitar.
Espero, de verdad, poder documentar todos y cada uno de los días que dura mi comisión. Poder contarles como está el pedo allá, como es que la gente sobrevive, si el piso de la Embajada está tan duro como soñé anoche o si la comida que sirven en las oficinas de la ONU está buena, ya saben, las pendejadas de las que suelo escribir. Espero poder contarles en tiempo real cómo es la vida en un buque de guerra lleno de marinos. Espero poder contarles -aunque sea a mi regreso- la cara que pondrán los niños haitianos cuando se reunan con sus padres.
También espero no vomitar toda la cubierta del Usumacinta.
Insisto, estoy nerviosa.
empate
Me chocan los empates. Me chocan más los empates cuando tengo miles de apuestas esperando un gol, en este caso de Pumas.
El América- Pumas terminó en aburrido empate. Poter me invitó al Azteca. Llegué tardísimo y, mientras estaba estacionada en División del Norte, me acordé de lo mucho que odio ese cruce de Tlalpan y División y absolutamente todo lo que esta su alrededor, más o menos hasta el Anahuacalli, a excepción de los tacos que se ponen en Caliz (a los tacos y a su salsa roja los amo de amor). Tenía muchos años sin ver a Poter. Es sorprendente lo chingón que platicamos cuando nos vemos. Valió la pena la excursión al sur con tal de verlo a él y al Poyo, uno de mis escritores favoritos.
Fue una experiencia curiosa: nueve gueyes en el estadio y yo, dos pumas y el resto amierdicanista. Hubo un momento en el que me sentí medio intimidada, sobre todo cuando llegué. Más de uno se me quedó viendo con cara de "¿y esta que hace aquí?", digo, tenían un poco de razón. Estuvo divertido.
Ahora. ¿No hay forma de que nos deshagamos de Dante López? En buena onda. ¿Nadie lo conoce o sabe por donde pasa como para que vaya y le meta así como que no quiere la cosa el pie??? ES UN TRONCO!!!!!!!!!!
Ah. Me llevaron a unos tacos buenísimos en Xochimilco -ya se, que coño andaba haciendo yo hasta allá, es que le di raid al Chema y al Poyo- pero no anoté la dirección y seguro si ahorita me dicen "lánzate" no tendría idea de como llegar, pero prometo conseguir la dirección pronto. Gran suadero.
Quesque el viernes o sabado me voy a Haití. Ora si ya me entró el nervio.
El América- Pumas terminó en aburrido empate. Poter me invitó al Azteca. Llegué tardísimo y, mientras estaba estacionada en División del Norte, me acordé de lo mucho que odio ese cruce de Tlalpan y División y absolutamente todo lo que esta su alrededor, más o menos hasta el Anahuacalli, a excepción de los tacos que se ponen en Caliz (a los tacos y a su salsa roja los amo de amor). Tenía muchos años sin ver a Poter. Es sorprendente lo chingón que platicamos cuando nos vemos. Valió la pena la excursión al sur con tal de verlo a él y al Poyo, uno de mis escritores favoritos.
Fue una experiencia curiosa: nueve gueyes en el estadio y yo, dos pumas y el resto amierdicanista. Hubo un momento en el que me sentí medio intimidada, sobre todo cuando llegué. Más de uno se me quedó viendo con cara de "¿y esta que hace aquí?", digo, tenían un poco de razón. Estuvo divertido.
Ahora. ¿No hay forma de que nos deshagamos de Dante López? En buena onda. ¿Nadie lo conoce o sabe por donde pasa como para que vaya y le meta así como que no quiere la cosa el pie??? ES UN TRONCO!!!!!!!!!!
Ah. Me llevaron a unos tacos buenísimos en Xochimilco -ya se, que coño andaba haciendo yo hasta allá, es que le di raid al Chema y al Poyo- pero no anoté la dirección y seguro si ahorita me dicen "lánzate" no tendría idea de como llegar, pero prometo conseguir la dirección pronto. Gran suadero.
Quesque el viernes o sabado me voy a Haití. Ora si ya me entró el nervio.
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