lunes, 24 de mayo de 2010

jueves 22

Me desperté antes de que sonara el despertador, a las 6:45 de la mañana, para ser exactos.

Fue un milagro!!!!

No puedo seguir comiendo como estoy comiendo, tengo la sospecha de que estos cabrones me quieren usar de boya llegando a Veracruz. Ya dejamos la zona económica exclusiva cubana y ahora estamos en el caribe mexicano. Quesque ya habra señal en algún momento de la tarde pero no pretendo prender mi celular. Hoy me siento mucho mejor que ayer, además dormí como bebé.

He descubierto que los haitianos son... raros. Llevan cuatro días aquí y desconfían completamente del agua que se sirve en el barco, se han pasado todo el viaje en la enfermeria quesque porque el agua esta contaminada. A ver. Seamos realistas, el agua no creo que sea muy limpia en Puerto Príncipe, pero bueno, el doctor los atiende a todos una y otra vez.

Ahorita son 10:49 de la noche. Me pasé toda la tarde viendo películas. Me eché Daybreakers que me en-can-tó (el Poyo estaría orgulloso de leer esto), otra que se llama Salvajes donde sale la perra desgraciada esa que anda con mi amorcito Robert Pattinson y Shutter Island. No sé si me gustó. También tejí toda la tarde, y cargué al bebé de 3 meses en la enfermería, es muy chiquito, tiene gripa y tose de la manera más delicada en la que alguien puede toser. Tuve que ayudar a ponerle el inhalador y me dio no se que llenar una cara tan pequeña de olor a vick vap-o-rub (ahora me viene a la mente mi abuela porque mi abuela, así como el señor que sale en la película de la boda griega con el windex, solucionaba absolutamente todo con el vick vap-o-rub. TODO). El caribe fue territorio telcel como por 4 minutos, por ahí de las 8 de la noche. El Golfo de México, en donde estamos ahorita, no lo es.

La neta es que sólo puedo pensar en lo afortunada que estoy siendo. Subí al puente a disque ver el atardecer, me senté en la silla del jefe del barco mientras el jefe del barco se cagaba de risa y me tomaba fotos. En la galleta hay un albatros, lleva una hora ahí y no tiene la menor intencion de quitarse. La galleta es la parte más alta del barco. El gallo se va a poner loco de celos cuando se de cuenta de que un albatros está usurpando su status de "ave oficial del barco". Me da mucha risa el sistema de voceo del barco. El maestre Escobar, encargado de la comunicación es a toda madre y tiene un acento muy cagado, como de costeñito. Bueno, aquí todos tienen acento de costeñito. En la cena se sentó junto a mi el teniente Sedas (siento que tiene nombre de albur) y me puse toda nerviosa, alguien tuvo la brillante idea de poner Avatar -por más que intento, mi destino no puede escaparse de Avatar- y en mi nervio no paré de criticar Avatar. Pero cuando digo "no paré" es que de verdad NO podía dejar de hablar... yesquemecagaJamesCameronesunapelículadecomefloresyforeversquemamadaesesadelárbolquehablayqueseconectanporlacolaesunaridiculezquehorrorqueseanazulesmerehusoaverla. Él me veia con cara de que-pedo-con-esta-señora, porque seguro para el teniente de 23 años soy una señora. Estoy empezando a desarrollar un serio problema con los uniformados. Algo así como guacala que rico. Soy una ñera. Pero el teniente no me pela ni tantito. Me hace más caso el gallo que el teniente. Ahora que lo pienso, puto atardecer pitero en el que no se vio nada, ah si, pero en el atardecer chingón yo encerrada en la enfermería. Espero mañana si poder ver uno.

Cerraré la nota platicando del Sugargate. Resulta que nos quedamos sin azúcar. Si. En un buque militar con no se cuantos kilos de azúcar, supuestamente suficientes para satisfacer las necesidades azucareras de 500 personas durante 6 días se terminó el azúcar. Es que nadie sabía que el personal haitiano tiene una necesidad compulsiva de consumir azúcar. Es increíble. Se sirven un vaso de agua de jamaica -que de por sí aquí en el barco se prepara dulce- y le ponen 4 cucharadotas de azúcar. Y así con todo. En la primera noche una señora se robó un vaso repleto de azúcar, ¿para qué lo quería? quien sabe. El agua está contaminada pero con azúcar ya no ¿no?. Y el capitán furioso porque nos quedamos sin azucar.

Watergate, Pemexgate, Ligasgate... y ahora... Sugargate.

Supuestamente mañana llegamos a Veracruz y comenzará nuestro fondeo de día y medio. Los tenientes llevan tres días asustándome con que en la entrada a Veracruz la cosa se pone horrible y las olas son de 3 metros. A ver si no rompo mi record intachable de cuatro días sin vomitar.

domingo, 23 de mayo de 2010

miércoles 21

Me fue fisicamente imposible despertarme para desayunar a las 7 de la mañana. Como a las 8 sonó el teléfono del camarote. Dioshayunteléfonosonando. Pensé que era pesadilla porque llevo tres días sin escuchar ni medio teléfono. Era el capitán/comandante "¿Qué guerita? ¿No piensa venir a desayunar?" Si, si, ya voy. Salí corriendo casi en pijama. Al capitán nadie le dice que no. La Marina no conoce los desayunos ligeros: hoy tocaron enchiladas de cochinita pibil. Sospecho que estos gueyes me quieren usar de boya llegando a Veracruz porque me alimentan como si lo necesitara. El barco bajó la velocidad de 14.6 nudos a 4, quien sabe por qué. El mar se veía más azul todavia. Como a las 11 comenzó el partido de fut México contra Haiti. Durante un día fui la única mujer entre 253 hombres. Ahora soy la única mexicana entre 553 personas. El sótano del barco hizo las veces de cancha de fútbol. Comenzó el partido y los haitianos estaban verdaderamente emocionados. Ya sabemos que fut no conoce fronteras. Los primeros dos partidos los ganamos nosotros. El tercero, ellos. A uno de los delanteros le apodan "Araña", es chaparrito, chaparrito pero corre como la chingada. El capitán le grita "orale Araña, abusado". La estatura promedio del seleccionado haitiano es de 1.70, la del nuestro es 10 centímetros menos. Mete gol Haití y el público se emociona como si fuera la final del mundial, nuevamente. Tan simple que es la alegría proporcionada por un balón y dos porterías. Me recordó la goliza en las eliminatorias de los olímpicos de Beijing y a la cara de idiota de Santiago Fernandez al terminar el partido (¿en dónde juega ahora ese guey? ¿En el equipo de la Anahuac?) Su cara era muy triste, adios Hugol. Me llama la atención que los marinos graban todo lo que pasa, siento que para ellos somos como bichos raros en aparador, todos. Los haitianos y yo. Tengo un cólico espantoso y el Midol ese que me recomendó Lele me está haciendo lo que el viento a Juárez. Me traté de dormir después de comer -aquí se come a la 1- y empecé a alucinar. Creo que en estos días incrementará el odio inusitado que siento hacia todas las playlists de mi ipod. Pobre música qué culpa tiene de que eso haya salido tan mal. Diario pasamos lista dos veces, a las 10 y a las 5. Fue mucho más rápido que ayer. Algunos haitianos ya se están aprendiendo la numeración en español. Se escucha en el sistema de voceo local "oficiales de máquinas favor de presentarse en la central con el jefe". El Jefe de Máquinas me cae perfecto y me da mucha envidia su caja de cereal a la hora del desayuno. A Giovanni le picó una abeja mientras estábamos pajareando en la última cubierta... Qué cómo llegó hasta ahí la abeja cuando vamos a no-se-cuantos-nudos es un misterio. Vimos peces voladores, poquitos. Mañana voy a empezar con el tráfico de películas porque ahora si no vamos a tener mucho que hacer. Todas las noches sirven palomitas después de la cena, es un ritual muy raro. Hoy me perdí del atardecer porque una chava se quejó del corazón y el capitán me mandó a la enfermería a presenciar la revisión, claro, al capitán no se le dice que no. Nunca. Resultó que la chavita llevaba 3 días sin tomar sus medicinas. Que huevos. Por fin me vine a dormir temprano. Estos días del mes son complicados. Creo que además del tráfico de películas, tengo que comenzar con el tráfico de botellas de agua porque ya no me quedan muchas. Viva el contrabando a bordo del buque de guerra.

sábado, 22 de mayo de 2010

martes 20

Sonó el despertador a las 6:30 y por un segundo no supe en dónde estaba. La llamada a desayuno era -y será durante las siguientes cinco o seis mañanas- a las 7, obviamente yo me apareci en la mesa sin bañarme y con lagañas a las 7:15. Veo que uno de mis compañeros se está empacando un plato con algo parecido a una pierna de pollo enorme. A quien se le ocurre dar caldo de pollo de desayunar a estas horas de la madrugada. Mi desayuno entonces se limitó a un pan con mermelada y un "lechero" (café con leche como el que hacen en Veracruz). Tiene un chingo de azúcar. Me da pena pedir que me lo cambien porque no me gusta el azúcar. No me he mareado. Estoy agotada. Terminando de desayunar me quería dormir pero tuvimos que pasar lista. Lograr que los 250 haitianos se formaran de acuerdo al numero del papelito que tienen en la mano fue un triunfo, nos tardamos casi tres horas. Ya se llegar desde la cámara de capitanes al comedor de los haitianos y el personal (del que yo no formo parte) sin perderme, tambien ya se llegar al puente desde mi camarote. El puente no es un puente. El puente es el cuarto donde están todos los controles del barco, incluyendo el timón. Soy la consentida del capitán, a la hora de la comida me invitó una chela que me supo a gloria. Amo la salsa roja que cocinan en este lugar. Pobre de mi, pensando que no iba a tener nada que hacer y me pasé todo el día en chinga, recorrí el barco 13 veces. En uno de los pocos momentos de ocio, el capitán me llevó a ver la bodega vacía y nos topamos con una cáscara, así que mañana tendremos partido de fútbol México contra Haití.

Creo que el trabajo del capitán consiste en firmar papeles cada media hora y dar órdenes. Todo el tiempo. Y cada vez que termina de dar una orden dice "Pendientes". Cada vez que lo escucho decir "pendientes" me da un ataque de risa.

Todo el día tuvimos una Cuba muy lejana enfrente. Hace un rato el capitán nos dio nuestra primer clase de estrellas, Giovanni es mi compañero de clase y ya me aprendí el nombre de varias estrellas pero todavia no distingo la forma de Leo ni creo poder ubicar mañana a la primera la Osa Mayor. Durante la clase me sentí como Rachel en ese capítulo de Friends en el que está viendo su ultrasonido y por más que intenta no logra ver al bebe en el ecograma. Conté el chiste de Paulette y Ricky Martin en la cena y el Segundo Comandante casi se ahoga de risa. Adiós protocolo militar: hola segunda chela del dia. Un haitiano me quiso hacer platica pero mi frances está por los suelos, aunque Junior dice que tengo buen acento. Nel. No lo creo. Solamente se decir los números.

Son las 11 de la noche. Prendo el ipod. Me doy cuenta de que me urge tener playlists nuevas que no me recuerden a nadie mas que a mi y a lo feliz que estoy en este preciso instante. El barco se mueve de un lado al otro y mi propósito es que en tres dias sepa ubicar a la primera todas las estrellas importantes del diagrama de estrellas que me van a regalar y que cuando escuche Dear Prudence deje de tener ganas de llorar. So far, voy bastante bien.

Después de más de 24 horas en altamar llego a la conclusión de que lo chingón de navegar es que uno lleva al maximo la capacidad para perder la nocion del tiempo. Y el silencio. bendito silencio color azul rey.


Pendientes.

jueves, 20 de mayo de 2010

futuro

Seguro ya todo mundo lo vio.

Quien sabe como le hace Nike para que sus comerciales siempre me hagan llorar. Me emociona todo, soy bien fácil, me urge que sea 11 de junio y empiece el mundial.

Es magia patrocinada por Alejandro González Iñarritu.

(Después de verlo, varias veces, me di cuenta de que no hay forma que no quiera compartir esto contigo)

martes, 18 de mayo de 2010

lunes 19

Me desperté a las 4:45 de la mañana. Las 3 horas con 45 minutos en las que pude dormir me las pasé soñando con que me quedaba dormida y el cónsul me dejaba en el barco. Tal vez fue porque mi jefe en algún momento de la noche del domingo pensó que no era buena idea llevarme al operativo. Me bañé. Las regaderas de mi baño son chiquititas y metálicas. A ver de que chingados me agarro para no caerme cuando esto se esté moviendo. Sigo sin saber en qué momento mi jefe creyó que era muy peligroso llevarme a Puerto Príncipe. Afortunadamente, me quejé. Afortunadamente, recapacitó.

El cocinero del barco nos preparó unas tortas, también nos empacó unos refrescos. Salimos del barco a las 5:15, ya había amanecido por completo. Me siento rara en uniforme pero -insisto- me gusta traer algo puesto con la bandera de México. Presiento que en este viaje me va a salir lo patriota. Se supone que el H. Cónsul de México en Puerto Príncipe estaría a las 5:30 en la puerta del barco para llevarnos a la ciudad. Nada. A mi jefe se le hace buena idea ir caminando hasta la entrada de la fábrica. Ah claro. Es que ustedes no lo saben pero por supuesto que la infraestructura portuaria del gobierno haitiano es nula y alguien de Cemex sobrevoló la costa durante horas hasta que encontró este muelle, el cual pertenece a la Cimentiere Nationale, que -también, por supuesto- no es haitiana, es colombiana. Caminamos, caminamos, más y más polvo, el cónsul ni sus luces, el clima hace que parezcan las 12 del día, caminamos, sudo sin parar, caminamos. 25 minutos después estamos en la entrada. Nadie llega por nosotros. Nos sentamos a comer torta y tomar coca cola medio caliente. Bebida perfecta para las 6 de la mañana. Los trabajadores entran y nos ven raro. Uno le pregunta al traductor (en el grupo viene un chavo haitiano que hace las veces de traductor) "¿y todos estos blancos que hacen aquí??".

7:21 de la mañana. Se aparece el cónsul, casi dos horas después.

El camino hacia la ciudad me pareció mucho más corto que ayer. A lo mejor porque vengo sentada y no encima de mi jefe y de la palanca de velocidades; a lo mejor porque se me cerraban los ojos y me dormí un poquito hasta que escuché a mi jefe decir "¿Son 354 personas en la lista, verdad Montserrat? Si, si, Juan Ignacio...". Respuesta en automático, ojos abiertos y otra vez el polvo pesado de los escombros. Otra vez el caos en las calles, otra vez la destrucción, los campos de concentración que dan la impresión de no poder admitir a una persona más, océanos de techos de plástico, misas improvisadas en lo que queda de la banqueta. Otra vez Puerto Príncipe.

Llegamos al cine Triomphe y -como me lo imaginaba- hay una multitud de gente alrededor del primero de los camiones. Nos bajamos. Nos dan la instrucción de observar y no intervenir. El primer filtro sería responsabilidad del gobierno haitiano. Hay una cámara de Milenio Televisión. La gente se percata de nuestros uniformes. Se me acercan y me preguntan cosas en francés. Me enseñan sus oficios de internación. Yo trato de ser amable sin intervenir. Mucha gente con maletas enormes. Inquietud. A los funcionarios de migración haitianos les parece que pasar la lista a gritos es el mejor de los métodos. Claro que nadie trae un megáfono. Claro que nadie considera necesario hacer una fila. Claro que nadie cree conveniente dejar un espacio prudente para que las personas que vienen cargando sus maletas puedan pasar y subir al camión. Claro que las personas que están hasta atrás no han de estar oyendo nada. Claro que los que saben que no están en La Lista, me están acosando para que lea sus oficios o les diga que pueden subir. No se en qué momento termino parada junto al tipo de la lista, en la puerta del camión revisando pasaportes. Ni siquiera me doy cuenta de que ya es la 1 de la tarde, de que el sol me está tatemando la cara y que no he tomado agua en no se cuántas horas. Alguien llega y me da una botella de agua. Alguien más llega y me pide que se la regale. Se la doy entera.

Maletas enormes. La verdad es que si me dijeran que hoy tengo que hacer la maleta con la que abandonaré para siempre mi país no tengo la menor idea de que me llevaría. Tendría que dejar tantas cosas que sólo imaginarlo me angustia.

Se llena un camión. Dos, tres. El número de gente esperando no disminuye. Algunos lloran cuando despiden a sus familiares. Mi jefe me dice que si la lista se termina y todavía tengo espacio en el camión que decida a quién quiero llevar, que trate de fijarme en que el oficio no esté chueco. Que me guíe por mi instinto. El oficial haitiano se ríe cuando le pido que lea la lista una vez más. Siguen apareciendo personas que no habían escuchado su nombre. Siguen apareciendo personas que se quieren meter cuando sus nombres no han sido mencionados. Se termina la lista. Comienzo a ubicar algunos nombres de familiares que me suenan. Dejo pasar a los chavitos que me estuvieron acosando desde el primer minuto en que me paré junto al camión. Una señora se me acerca llorando. Me dice que no trae equipaje pero que por favor la saque de ese lugar. Le digo que no puedo. La señora se pone violenta. Comienza a gritar, bueno, los haitianos hablan gritando, pero estos eran gritos de los feos. La gente se empieza a amontonar alrededor mío. El policía me sube al camión. Despacho con la puerta cerrada, a señas. No veo a ninguno de mis compañeros y no se en que momento me quedé sola. Los escogidos se abren paso a empujones. Todo mundo quiere subir. El chofer comienza a hacerme señas de que le corte. La gente comienza a pegar en el camión. Un señor agarra a patadas la puerta y se sube.

El camión arranca. Se necesita de mucha fuerza para jugar a ser Dios por media hora y no caerse. No puedo evitar preguntarme que me da el privilegio de cambiarle la vida a esta gente, siguiendo mi instinto. No puedo evitar preguntarme a cuántas personas con derecho a subir al camión dejé abajo. Con cuántas personas me habré equivocado, ¿qué es lo que me legitima para decidir quien puede cambiar el caos por una nueva oportunidad de vida?.

Me toca sentarme recargada en un parabrisas estrellado. El chofer maneja a 140 kilómetros por hora. Vengo sola en el camión y si el chofer quisiera tomar una ruta equivocada y secuestrarnos a todos podría hacerlo. Algunos lloran, otros sacan una guitarra y comienzan a cantar, otros rezan, los menos hablan por teléfono. En mi rústico francés pregunto si estamos tomando la ruta larga, "no, vamos por citesoleil", me dice el chofer. Recuerdo que el cónsul nos contó que Citesoleil es el tepito de Puerto Príncipe, que es tan peligroso que ni los cascos azules entran. Me pongo nerviosa, sobre todo cuando el camión se detiene porque hay unos gueyes quemando ropa que nos hacen detenernos. Hablan en creole, no entiendo ni madres, el camión avanza. Estamos a punto de chocar como tres veces. Yo me imagino la escena: el camión choca, el vidrio estrellado se rompe y salgo volando. Como no traigo ni pasaporte, nadie me identifica. Creo que me urge comer algo.

Llegamos al puerto. Ya todos están formados. Algunos ya están en el barco. Los infantes llevan sus maletas. Me pongo a repartir contraseñas, a pasar lista, a contar gente. El idioma es un pedo. Comienzan a aparecer los colados. La gente está nerviosa, muchos -incluyéndome- nunca han navegado. Aparecen nombres que no tenemos en la lista pero si traen oficio de internación. Mi jefe me manda a hablar a México. Entro a la cámara de capitanes y los camareros están viendo un partido del Lazio contra la Roma en la pantalla plana enorme. Me dan un vaso de agua. Me siento y me doy cuenta de que tengo 7 horas sin sentarme. Le marco a mi mamá, me dan ganas de llorar. Marco a la oficina, compruebo nombres. Mi instinto no estuvo tan errado.

La mesa de la cámara de capitanes está puesta "es que el comandante invitó a comer a los directivos de la cementera". Menos mal que no estoy requerida porque estoy cubierta de polvo y todavía tengo que decidir que hacer con los colados. Al final me meten a la comida. Vino tinto y manteles largos. Parece un mundo aparte. Cuando terminamos, me dan la orden de que saque de las instalaciones de la empresa a los colados. Son cinco. Ninguno trae equipaje a excepción del señor que agarró a patadas la puerta de mi camión. Le pregunto por quien lo va a recibir en México. No sabe. Les informo que tienen que bajarse del barco, que no pueden viajar a México. Una de las coladas se tira al piso llorando. Me armo de valor. Las acompaño amablemente hasta la puerta. Mientras camino de regreso al barco, se me salen las lágrimas.

Repito: está cabrón jugar a ser Dios.

18:40, comienza el zafarrancho de zarpaje en la cubierta magistral, con 235 marinos y 250 haitianos a bordo. La única mexicana, yo mera. Debi estudiar francés. El uniforme me aprieta. Me duelen los pies. Nos toman fotos. Mi jefe y los de la Embajada se bajan del barco. Levantan el ancla, suben las escalerillas, meten la rampa, los haitianos aplauden y muchos lloran. Algunos comienzan a cantar algo en francés. El traductor dice que es una canción de despedida. Veo a un gallo caminando entre la multitud, "se lo regalaron unos haitianos al Comandante" me dice uno de los marinos. Habrá que ponerle un nombre.

Estoy tan cansada que ni siquiera me doy cuenta de que el barco se está moviendo. Me esperan largos seis días. Son las 12 de la noche. Acabo de decidir que cada una de las noches que dure esta travesia, voy a escuchar Us de Regina Spektor a todo volúmen.

domingo, 16 de mayo de 2010

motivos

Este adios no maquilla un hasta luego.
Este nunca no esconde un ojalá.
Estas cenizas no juegan con fuego.
Este ciego no mira para atrás.
Este notario firma lo que escribo.
Esta letra no la protestaré.
Ahórrate el acuse de recibo.
Estas visperas son las de después
A este ruido tan huérfano de padre
No voy a permitirle que taladre un corazon podrido de latir.
Este pez ya no muere por tu boca
Este loco se va con otra loca
Estos ojos no lloran más por ti.

Para decir con Dios a los dos nos sobran los motivos, dice Joaquín Sabina.

(No me queda claro en qué momento alguien decide comparar a Joaquín Sabina con Ricardo Arjona)

sábado, 15 de mayo de 2010

impasse

A ver ya.

No mamen.

En buena onda: regrésenme mis ganas de escribir. Y de hacer muchas otras cosas, pero más de escribir.

Gracias por su atención.

sábado, 8 de mayo de 2010

sábado 8

He sido víctima de la autocensura. En dos ocasiones. Algunos de ustedes se habrán dado cuenta y -tal vez- se estarán preguntando por qué.

Bueno. Era un post muy -demasiado- personal, posiblemente comprometedor, escrito en un momento de enojo y tristeza terribles. De repente se me olvida que esto es público, que cualquiera puede tener acceso a esta página y que yo estoy ventilando asuntos que son tan míos como de alguien más. I never meant to do any harm. Ustedes disculparán.

El jueves tuve una larga plática. Larga. De esas que no quieres que se terminen. De esas que no llegan a nada. De esas que parecen estarle dando vueltas interminables a punto que no tiene solución. Totalmente inesperadas.

¿Saben qué? es imposible enterrar algo tan vivo. Es imposible borrar un pasado tan perfecto en tantos aspectos. La neta es que no tiene sentido querer borrar la felicidad. Pero... es necesario dejarlo e intentar seguir adelante. Aunque el dejarlo signifique que te duelan, por más cursi que suene, lugares de tu corazón que no sabías que existía y que llores sin parar.

El factor común de la mayoría de las separaciones entre dos personas es que una de las partes, invariablemente, se sentirá de la chingada. Cuando la otra se siente también de la chingada tiene que ser porque algo en la separación está mal. Pero eso sólo lo podrá decidir el tiempo.

El tiempo que se lleva los más dolorosos sentimientos. El tiempo que pone en orden el peor de los desordenes. El tiempo que nos traerá, a ti, a mi, a todos nosotros, la tranquilidad que estamos buscando. Y dejaremos de llorar. El tiempo acomodará todo en su lugar. We're like a rolling stone.

La tristeza, qué hacer con tanta tristeza, nada. Estoy segura de que pasará.

¿Que qué me queda? Agradecer por los miles de recuerdos increíbles, momentos eufóricos, carcajadas, ojos llorosos, noches sin dormir, pláticas interminables, ganas de arreglar el mundo, de comérselo a mordidas y en chinga, Bob Dylan, fútbol, clases de cine, amor del bueno, pero, sobre todo, mucha música.

La música como bote salvavidas a medio New Orleans justo cuando terminó Katrina. La música que te hace abrir los ojos, secarte las lágrimas y convencerte de que todo va a estar bien. Aunque parezca súplica.

A esta azotada canción la descubrí viendo The Boat That Rocked. Bueno. Es una de las tantas canciones que descubrí viendo esa película. Si yo fuera una de esas personas que tienen una voz privilegiada montaría un show y cantaría esta rola y -obviamente- el público me ovacionaría de pie y diría que qué chingón esta mi vestido rojo largo. Música de show del International Hotel de Las Vegas con un chingo de champaña. Desgraciadamente, disto de cantar como Lorraine Ellison, mi escenario se reduce a un karaoke de mala muerte y lo único que haría mi público sería aventarme un zapato. O varios.